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Amor por accidente- Link de descarga

¿Te ha gustado la historia?, puedes obtener el formato PDF gratis, ¡GRACIAS A LOS QUE LEYERON MI NOVELA!

Y bueno, para evitar adaptaciones, plagio y/o cualquier problema aquí está la licencia:


Licencia: All right reserved
Registro: 28-jul-2013 3:54 UTC
Título: Amor por accidente
Código de registro: a6d13768 1d1609bcfb7c6863519a798c
Autor: Samantha Conde Carrillo

© 2013 Amor por accidente

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Espero y les sea buena noticia el hecho de que vaya a haber un segundo libro, donde se narrará la historia de Pauline, la mejor a miga de Serene.

O pueden checar la novela y descargar con la nueva portada (Gracias a Ediciones SCC) en bubook:
- http://www.bubok.es/libros/228454/Amor-por-accidente

El book trailer aquí:


Epílogo- Amor por accidente

EPÍLOGO


Han pasado ya 3 años de casados, después de nuestra luna de miel en Inglaterra tuvimos muchas cosas por hacer, arreglar la empresa.
Yo me volví una modelo muy reconocida e hice muchas portadas para revistas al igual que mi esposo.
Ahora estoy embarazada por segunda vez, sé que soy joven, pero me entusiasmó tanto la idea de tener hijos que ni él ni yo pudimos contenernos.
Mi niño, Bernanrd de tan solo un año y mi pequeña, quien aún sigue en mi vientre. La pequeña Hilarye, que por cierto la podré tener entre mis brazos en un par de semanas más.
La alegría de mi hogar.
Ferdinand se ha vuelto muy cuidadoso conmigo, me mima demasiado, tanto que no me deja ni levantarme de la cama.
Y después de todo Pauline y Christopher milagrosamente se confesaron su amor. Y al igual que nosotros e casarán dentro de 2 meses.
Y aún no podemos aguantar hasta que confirmen el sexo de su bebé. Así es, mi amiga está embarazada y dentro de seis meses.
Como pueden ver mi vida no siempre transcurre entre accidentes y accidente. Pero me alegra que Ferdinand haya sido uno de ellos.

Capítulo 13 "Acepto"- Amor por accidente

ACEPTO


El resto de la semana pasó lentamente.
Me dediqué exclusivamente a asistir a las juntas de inversionistas que se suscitaron en la empresa, lo cual molestó demasiado a mi padre, pues asistía como “inversionista” y no como la vicepresidenta, cargo que yo había abandonado.
En mi lugar dentro de la vicepresidencia se quedó Christopher, le sugerí a mi padre que lo contratara, pues es muy capaz para esas grandes responsabilidades, y hasta la fecha lo ha desarrollado bien.
Comencé a entenderme mejor con Kail, el mayordomo y chofer de Ferdinand, quien inició una semana llena de bromas y no dejaba de llamarme “Señorita de Cordier”, cosa que me agradó de inmediato.
Pauline aún no lo sabía y tenía que ir a verla para avisarle todo, para mantenerla al tanto de mi avance con Ferdinand.
Salí por uno de los autos de Ferdinand para ir a casa de Pau, después de todo este drama ya había superado lo de mi accidente y podía manejar bien, aún con un poco de precaución extra, pues según el médico el accidente me dejaría secuelas.
—Pau, soy Serene—llamé a su puerta.
—Pasa—abrió y me recibió con un abrazo.
— ¿Dónde te habías metido?, tus padres casi destruyeron mi departamento diciendo que estabas aquí—contó muy molesta.
—Lo siento, estaba en Italia.
— ¿Italia?, ¿Qué no se supone que estarías en Alemania estudiando? —frunció el ceño
—Algo así, sí me fui a estudiar y te extrañé demasiado.
—Pensé que ya me habías cambiado—bromeó.
—No, jamás haría eso, pero en fin, fui a Italia sólo por una razón—levanté mi mano frente a mi rostro para mostrarle el anillo.
Las dos soltamos gritos de euforia y emoción, nos abrazábamos y Pauline sólo jalaba mi mano de un lado a otro para observar detenidamente el anillo.
— ¿Quién fue el valiente y afortunado? —preguntó a punto de entrar en lágrimas.
— ¿En verdad quieres saber? —musité.
—Sí, por eso pregunto, ahora dime, dime, dime—exigió.
—Ferdinand, Ferdinand me propuso matrimonio—y me solté a llorar de emoción, por fin me permití abrirle paso a mis emociones, con Pauline siempre podía ser así.
Después de secarme las lágrimas vi el rostro de mi amiga con una mirada perdida, como si no expresara absolutamente nada.
— ¿Pasa algo? —interrogué preocupada.
— ¿Ferdinand?, ¿Ferdinand Cordier?, ¿El Ferdinand que conocemos? —preguntó aún sin darle créditos a mi aviso.
—Sí, él mismo.
— ¿No que no te gustaba? —por fin sonrió.
—“Aba”, ahora es completamente diferente—suspiré.
—Amiga, eso es amor—me dio unas palmaditas en la espalda.
— ¡Lo sé! —grité emocionada.
— ¿Por qué no me avisaste antes?
—Porque me estaba mudando.
— ¿Ya vives en su casa?
—Algo así, pero es que tuve una pequeña pelea con mis padres y me hicieron elegir entre ellos o mi boda. Obviamente elegí mi felicidad, la boda.
—Buena elección, pero pudiste venir aquí—recriminó.
—Lo sé, pero quiero estar para Ferdinand en canto vuelva.
Nos quedamos un largo rato sentadas en el sillón y comiendo una pizza que ordenamos.
La película trataba de una chica que había escapado de varias bodas por miedo al compromiso.
—Gracias por el apoyo—bufé y Pau rió.
—Es lo que hay en la TV. Bien Serene, me temo que en unos momentos tendré visitas, espero que la pases bien.
— ¿Me estás corriendo?
—No, pero esto es muy importante, así que mañana te veré para terminar de charlar.

Me sacó de su casa y cerró la puerta. Algo importante tenía que hacer como para tratarme así.

*********************************************************************************************

Pasaron por fin los tres días que restaban para que Ferdinand regresara y yo estaba impaciente en la casa.
Le había preparado un pastel de fresas con chocolate, que si bien no era el más exquisito, tenía buen aspecto y por lo menos mostraba indicios de ser comestible.
Pasaron las horas y estaba muy nerviosa hablando rápidamente con Kail, quien trataba de calmarme.
— ¿Y si vamos por él al aeropuerto? —sugerí.
—Si quieres darle una sorpresa, creo que debemos esperar—sí, ya teníamos tanta confianza que nos hablábamos de “tu”.
—Bien Kail—rodé los ojos—esperaremos al señor Boucher en su casa.
Pasaron más horas de agonía.
— ¿Entonces le dirás que si? —interrumpió Kail.
—No lo sé, eso será sorpresa para los dos.
—Eres una tramposa, deberías decirme para evitar mis gritos—rió—no sabes el escándalo que se armaría.
—Ya cálmate, te dije que fuéramos al aeropuerto.
Alguien tocó el timbre y me apresuré a abrir, ganándole así en la carrera a Kail. Le mostré la lengua y abrí rápidamente.
—Ferdinand—grité al verlo y me lancé a sus brazos.
—Serene, te extrañé demasiado—murmuró contra mi cabello.
—Pasa.
Dejó las maletas en la sala y reaccionó al verme ahí.
— ¿Qué haces aquí?
—Mi padre me hizo elegir entre ellos o tú, creo que has ganado—sonreí.
—Pero debo pedir tu mano…
—Ya tomé mi elección—interrumpí y él se puso pálido.
—Ferdinand, yo no puedo…
— ¿Es un no?
—Déjame hablar—espeté torciendo la boca—yo no puedo…no puedo…negarme a esto, tú eres maravilloso y me alegra que me hayas encontrado en la banqueta, uhm…eso no sonó muy bien.
—Bueno, no sé de alguien más que haya dicho tan conmovedoras palabras—reímos—pero continúa.
—Bien, como te decía, eres maravilloso, omitamos la parte del encuentro, pero sí.
— ¿Sí qué?
—Acepto Ferdinand Cordier, quiero ser tu esposa.
Corrí hacia sus brazos para después fundirme en su boca, extrañaba eso. Sentir sus labios contra los míos y su lengua intrusa en mi boca, extrañaba ese sabor mentolado de su boca y su perfume delicado que despertaba mis sentidos.
—Te amo—musitó recargando su frente contra la mía.
—Yo te amo más—respondí con un casto beso.
Salimos a comer a un restaurant y en el camino le conté sobre el problema de la familia Boucher.
—No te preocupes, no pueden estar molestos para siempre.
—Se ve que aún no conoces a mi familia—sonreí amargamente.
—Pero lo haré por ti, enfrentaré a tu padre—le dio mi dirección a Kail y de inmediato se dirigió hacia allá.
—No Ferdinand, detente, esto no es necesario.
—Quiero hacerlo de la manera correcta, de todas formas ya me diste el sí—rió.
—No quiero que lo hagas, no es por hacer lo correcto, mi padre te odia y no creo que seas muy bien visto en mi casa, no lo hagas por favor—rogué abrazando su cintura.
—Perdona, pero debo hacerlo, eso se llama educación.
Y listo, ese era un argumento muy válido para mí y pensándolo bien, si lo intentaba tal vez podría convencerlo de que él era perfecto para mí.
Llegamos a mi casa y toqué tímidamente la puerta y la sirvienta abrió.
—Señorita Serene, pase—musitó.
Se hizo a un lado para dejarnos pasar a mi antigua casa.
—Señor, señora Boucher—saludó Ferdinand y yo no dije ninguna palabra.
Creo que no estaba ayudando de mucho aquí.
—Padre, madre—decidí saludar tras un incómodo silencio.
—Señor Cordier—saludó mi padre ignorándome y mi madre se introdujo de inmediato subiendo las escaleras hacia mi habitación.
—Perdona que venga así a su casa pero tengo un asunto muy importante que hablar con usted.
—Sé a qué te refieres—musitó tranquilo mi padre.
Esa actitud no era propia de él, esperaba que se abalanzara a golpearlo o que lo amenazara o quizá que me dejara en casa y lo sacara para mantenerme ahí con ellos.
—Entonces será más fácil—suspiró mi prometido.
Mi padre nos dijo que tomáramos asiento en los sillones de la sala, cosa que nos puso más nerviosos. Ferdinand me tomó de la mano para que pudiera tranquilizarme o al menos para que me sintiera segura. Y lo logró.
—Vengo a pedirle la mano de su hija, me quiero casar con Serene…yo…yo la amo—musitó tiernamente y con sinceridad.
—Lo sé, se lo que ambos sienten y los comprendo, pero ¿no creen que es muy pronto?
—No papá, no lo creemos—respondí interrumpiendo.
—Joven Cordier, debe estar enterado ya del problema que tuve con mi hija, ¿me permitiría un momento a solas con ella? —musitó cortésmente y Ferdinand sólo asintió dejándome en la sala con mi padre.
Tragué con dificultad y me puse de pie para tomar valor ante lo que viniera y poder afrontarlo.
—Lo lamento Serene, no debí reaccionar así. Debí darme cuenta desde el principio de lo que sentías por ese joven, perdóname por favor—musitó con la voz partida.
—Padre, estás perdonado, no era necesario esto.
—Para mí sí—me abrazó y así terminó una satisfactoria reconciliación con mi familia—ahora ve por el chico, debo decirle algunas cosas.
Fui hacia la cocina a ver a Ferdinand, quien estaba caminando nerviosamente de un lado a otro.
— ¿Qué te dijo? —indagó aún nervioso.
—No es muy importante, no pasó nada, ya puedes ir, de hecho quiere verte—sonreí.
Caminamos lentamente con nuestras manos entrelazadas hacia la sala.
—Joven Cordier, he pensado en su petición—prosiguió mi padre—y creo que tus intenciones son buenas.
—Gracias—tragó Ferdinand con dificultad.
—Y sí, supongo que puedes casarte con mi hija, aunque supongo que mi opinión no es muy necesaria, pues ella ya aceptó—solté una risita nerviosa—espero que sean felices juntos, cuida bien de mi hija.
—Lo haré señor Boucher, eso téngalo por seguro.
—Entonces disfruten de su día.
Avanzó a abrirnos la puerta y así nos dispusimos a salir.
—Amor, quiero hacer los preparativos—musité en el camino de regreso a casa.
— ¿Preparativos para qué?
—Para la boda.
—Podríamos esperar si quieres.
—Y yo que pensé que nos casaríamos pronto—suspiré dramáticamente.
—Como quieras preciosa…—se detuvo— ¿ya puedo llamarte así?
—Mi opinión al respecto jamás te detuvo—respondí.
—Muy bien preciosa, cómo y cuando tú quieras haremos los preparativos de la boda.
Al llegar a casa llamé a Pauline para que me diera “la lista”. No faltó mucho tiempo para escuchar el rugir del motor de su transporte tan peligroso.
—Felicidades Ser, aquí está—me tendió la tan preciada lista que ya teníamos enmicada.
—Siempre pensé que tú serías la primera en usarla—musité.
—Yo también, aunque ya decía yo que te traías algo con Ferdinand.
—Ya basta, ahora sólo debemos marcar los números.
—Ve por tu teléfono Ser, tendremos demasiadas horas de trabajo.
“La lista” consistía en una serie de números de diferentes tiendas para nuestras bodas, teníamos ya la florería, la casa diseñadora, la iglesia, los regalos, los adornos, todo estaba perfectamente planeado.
Iniciamos la lista desde hace cuatro años, cuando recién salíamos de la preparatoria. Las dos teníamos una cierta obsesión con algo que su madre algún día nos dijo: “Si quieren una hermosa boda, deben planearla lo más pronto posible, aún si faltan años para eso”.
Su madre tuvo una boda desastrosa, dice Pau que hasta el pastel llegó al día después de la boda y por nada del mundo queríamos que eso nos sucediera.
Llamé a la tienda en la que hice una cita para ver invitaciones. Había visto en su sitio web un modelo de una especie de conejos de Chanel hermosos.
Después de eso iría a recoger un vestido que había encargado desde el momento en el que puse un pié en Francia cuando me propuso matrimonio.
Por último visitaría el servicio de banquete para obtener alguno que fuera delicioso, pues el dinero jamás sería problema.
Asistí con Ferdinand a ver las invitaciones, y eran magníficas, tenían una textura muy delicada y las letras estaban impresas con una fina capa de tinta.
Después fuimos por el vestido, un hermoso vestido rosa pálido de Versace.
Era de forma princesa, escote asimétrico, la tela claramente era organza y tafetán, sin mangas y con una cola corta. El vestido perfecto para mí.
— ¿Por qué de ese color?, pensé que debía ser blanco—musitó Ferdinand mientras cargaba el enorme vestido para meterlo en el auto.
—Me gusta el rosa y se ve casi blanco, supongo que de lejos nadie lo notará—me encogí de hombros.
— ¿Qué otro lugar nos falta?
—Mmm…—revisé mi agenda para la boda—sólo hoy debemos ir al servicio de banquetes para poder elegir lo que queremos que se sirva.
Esbozó una sonrisa, pues sabía que nos darían una pequeña muestra del menú para elegir, cosa que supongo lo volvía loco y alegre.
Llegamos casi derrapando frente al establecimiento y entramos por unos elegantes canceles de vidrio.
—Supongo que deben cocinar esquicito—murmuró mi acompañante.
Inhalé el aroma que provenía de lo que supongo era la cocina, era una mezcla de especias que me abrió enormemente el apetito.
—Adelante, enseguida les traeremos la carta y las muestras de lo que deseen—informó la señorita como una especie de “protocolo”.
—Gracias—respondimos al mismo tiempo y nos sonreímos mutuamente.
— ¿Qué es lo que deseas?
—No lo sé, supongo que algo sencillo.
—Pero es nuestra boda, así que date el gusto de pedir, si así lo deseas, lo más caro del menú.
—Ese no es mi estilo Fer, sólo quiero cosas simples.
Revisamos varias veces la carta que nos dio la señorita castaña con falda corta que no apartaba la vista de mi prometido.
— ¿Se le ofrece algo? —preguntó Ferdinand y aquella castaña se ruborizó.
—Ehm…no, no pasa nada, continúen con lo suyo—tartamudeó torpemente la castaña.
— ¿Tienes que causar eso a cada lugar al que vayamos?, porque te advierto que soy muy celosa—hice un puchero infantil.
—No las culpo—bromeó.
Continuamos eligiendo y probando los platillos, al final nos convenció como entrada una crema de tomate y zanahorias, como plato fuerte unos ravioles de queso y espinaca y como postre una pequeña compota de fresas.
Lo más complicado fue el pastel. Yo lo quería cuadrado y de un solo piso, mientras que Ferdinand lo quería de tres pisos y circular. Después de una ardua discusión sobre el pastel dejé que él eligiera.
El resultado fue un pastel cuadrado de tres pisos con betún de quesocrema y mantequilla; el relleno de fresas del primer piso, luego uno de blueberrys y el último de zarzamora. Lo único con lo que estaba yo de acuerdo.
—Por fin terminamos—inició Ferdinand mientras guardaba las notas y tickets en su bolsillo.
Manejó a casa muy lento, mientras con una mano sostenía el volante y con la otra tomaba mi mano y la estrujaba de vez en cuando.
—Te amo Serene Cordier—musitó suavemente, haciendo hincapié en su apellido.
—Suena bien—sonreí.
—O si gustas puedo quedarme como Ferdinand Boucher.
—Créelo o no, me encantó tu nombre en cuanto lo escuché, suena bien.
— ¿De verdad?, yo amaba tus marcas, Yves—tocó mi nariz con su dedo índice.
Continuamos en silencio hasta casa para hablar a la iglesia. Según las invitaciones nuestra boda sería dentro de tres semanas.

*********************************************************************************************

Las semanas pasaron muy rápidas, y con éstas se fueron mis ganas de comprar, de salir, de hacer cosas al aire libre. Comencé a vivir cas enclaustrada mientras Ferdinand salía sin mí a trabajar o simplemente a distraerse, pero es que los nervios de que estábamos a un día de la boda no me dejaban en paz. Ya hasta estaba soñando que yo interpretaba aquella película que vi con Pauline sobre la chica que escapaba de sus bodas.
— ¿Estás bien?, tienes ojeras Ser y luces pálida, si sigues así mañana te verás horrible.
—Eso no me ayuda mucho.
Llevaba dos días seguidos sin dormir y eso ya había causad estragos en mi piel.
—Es muy en serio Serene, debes ir a dormir.}
—No tengo sueño.
—No me importa.
Se acercó rápidamente al sofá y me cogió por las piernas y la cintura para que me acomodara en sus protectores brazos.
— ¡Bájame! —exigí.
—Duérmete—respondió.
—No tengo sueño.
—Que mal porque yo sí, y tengo ganas de dormir junto a mi amada—besó de frente y me dejé consentir.
Subimos lentamente las escaleras y sentí cómo mis párpados se cerraban involuntariamente hasta que quedé profundamente dormida.
Desperté a las cuatro de la mañana , cuando las asistentes entraron a mi habitación gritando.
Me ordenaron que tomara un baño en la tina con “sales de no sé qué cosa” para que mi piel se repusiera de las horas de sueño que jamás tomé.
AL finalizar procedieron a ponerme el vestido, maquillaje, uñas, peinado. Todas estaban sobre mí y no había señales de Ferdinand.
— ¿Saben algo sobre el novio? —interrogué a una de las personas que me estaban arreglando.
—Es de mala suerte ver al novio antes de la boda—susurró como si la hubiera amenazado de muerte.
—Está bien—bufé.
Después de un arduo y complicado arreglo de imagen salí para recibir la limusina con mi padre dentro.
—Te ves maravillosa hija, no puedo creer que te vayas a casar, sólo tienes veinte, se supone que disfrutarías tu juventud—sonrió amargamente.
—Esta es mi forma de disfrutarla papá, y qué mejor que con una nueva familia.
—Pero para ser una familia necesitan tener hijos.
—Lo sé, pero ya pronto lo seremos.
— ¿Estás embarazada? —gritó sorprendido y yo solté una carcajada.
—No, aún no, pero supongo que no faltará mucho.
—No sigas Serene o me arrepentiré de esto.
—Pero no eres tú el que va a aceptar.
Me sonrió y abrió la puerta para que saliera frente a la iglesia.
Me acerqué hasta la entrada y me recibió Pauline, sí, ella era mi dama de honor y Christopher, a pesar de todo, fue elegido por Ferdinand como padrino.
Comenzó a sonar la marcha nupcial y cogí el brazo de mi padre lista para la entrada, sólo un par de pasos me separaban del altar, donde esperaba mi futuro esposo.
Con cada paso recordaba cada imagen de nosotros discutiendo, cada beso, cada cumplido, cada sonrisa y sobre todo, cada momento en el que lo encontré como un accidente y agradecí que así fuera, que el destino eligiera un solo camino para nosotros, para compartirlo por el resto de nuestras vidas.
—Queridos hermanos y hermanas—inició el padre—nos encontramos aquí, en la casa del señor para unir en sagrado matrimonio a esta afortunada pareja, a Serene Boucher y a Ferdinand Cordier, quien al aceptar ante Dios, jurarán permanecer juntos pase lo que pase.
Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista mientras mi perfecto maquillaje se deslizaba con ellas. Ferdinand tomó fuertemente mi mano mientras hacíamos caso omiso a las palabras del padre.
—Pueden proseguir con sus votos—susurró el padre esperando que habláramos, y fue Ferdinand quien tomó la iniciativa.
—Serene Boucher—tragó con dificultad mientras yo sofocaba mis sollozos—yo, Ferdinand Cordier, me entrego a ti, sabiendo que la magia de nuestro amor es caminar juntos, en la prosperidad y en la adversidad. Quiero ser tu compañero, y  que tú seas mi compañera todos los días de mi vida—terminó.
—Yo Serene Boucher me entrego a ti este día, para compartir mi vida contigo. Puedes confiar en mi amor por que es real. Prometo serte una esposa fiel, compartir y apoyarte en tus sueños, esperanzas y metas. Mi voto estará contigo para siempre. Cuando caigas, te levantar; cuando llores te reconfortaré, cuando rías compartiré tu gozo. Todo lo que tengo y todo lo que soy es tuyo, desde este momento hasta la…—mi voz comenzaba a ser inaudible a estas alturas, pero estoy segura de que al menos Ferdinand si podía hacerlo—…hasta la eternidad.
—Serene Boucher, ¿aceptas a Ferdinand Cordier como tu legítimo esposo?
—Sí, acepto.
—Ferdinand Cordier, ¿aceptas a Serene Boucher como tu legítima esposa?
—Sí, acepto.
—Por el poder que me concede Dios, yo los nombro marido y mujer.
Pasó Chris con los anillos y Ferdinand lo deslizó en mi dedo. Imitando sus movimientos puse la sortija en su dedo.
—Ferdinand Cordier, puede besa a la novia.
Tomó mis manos y me dio un casto beso, todos tomaron fotografías, videos, todo o que podían por recordar ese momento. Incluso vi a mi padre llorando, de verdad le era difícil dejarme ir, pero supongo que fue muy tierno de su parte aceptar la realidad y dejarme vivir mi vida a mí gusto.

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Probablemente la vida en los cuentos de hadas no pueda ser posible, eso no sucede a diario, pero tuve la suerte de conocerlo y de que mis sentimientos fueran correspondidos.
Parecerá el final de una linda historia.
Pero para nosotros apenas y es el inicio.

~FIN~

Capítulo 12 "La elección"- Amor por accidente

LA ELECCIÓN

Me encaminé hacia los taxis que estaban estacionados en las filas de afuera del aeropuerto.
— ¿Me puede llevar a un hotel aquí cerca? —le pregunté a uno de los conductores.
—Sí, sube—contestó.
Me introduje en el transporte para evitar tardarme más de lo debido.
Me asomaba por la ventana admirando la belleza del paisaje, aunque habían bastantes edificios y el agua inundaba, obviamente, a Venecia, la vista era de admirarse. En París no había algo semejante.
—Señorita, me temo que hasta aquí puedo traerla, el agua no me dejará pasar más allá, puede pedirle a algún remero que la transporte al hotel en su góndola—Sugirió amablemente el chofer.
—Muchas gracias—pagué la cantidad indicada y esperé en un estrecho puente a que pasara alguno de los tales “remeros” que pudiera llevarme.
Seguía esperando después de media hora, ya que todas las góndolas estaban ocupadas.
Probablemente el tiempo no me hubiera preocupado de no ser porque Ferdinand regresaría en una semana, y yo necesitaba ese tiempo para arreglar las cosas y decirle lo que he venido a decirle.
—Señorita ¿necesita transporte? —preguntó un remero interrumpiendo mis pensamientos.
—Ehm…sí, voy a un hotel aquí cerca, en la orilla cruzando dos puentes—respondí.
—Bien, si quiere suba y yo la llevo.
Subí y el remero me transportó lentamente para que admirara la vista de todo ese lugar, simplemente hermoso.
Los edificios erigiéndose ente este paisaje que pareciera artificial, al mismo tiempo combinado con la naturaleza, con la tranquilidad transmitida por el agua.
— ¡Auch! —escuché gritar al remero mientras se detenía de golpe y la góndola se desestabilizaba, provocando que casi cayéramos al agua.
— ¿Qué sucede? —interrogué.
—Lanzaron esto—mostró una bolita de papel.
Le quité el papel de la mano y lo desenvolví para ver su contenido, pues se notaba rayado por dentro.
“Bienvenida a Venecia, te veré en el hotel Bauer en media hora”
— ¿Es para usted? —pregunté al remero.
—No lo creo, no espero a nadie—sonrió.
—Bueno—susurré— ¿Sabe?, mejor lléveme a esta dirección—señalé el papel.
—Como ordene—la góndola dio un movimiento brusco cambiando de dirección.
Navegamos por unos quince minutos más hasta llegar a la orilla.
—Llegamos, espero que haya disfrutado del recorrido y que su estancia aquí sea amena—musitó el remero.
—Muchas gracias—le di el dinero y me bajé de mi tan caótico transporte.
Caminé unas cuatro cuadras pidiendo indicaciones a las personas que se cruzaban en mi camino.
— ¿Disculpe, sabe dónde está el hotel Bauer? —pregunté a una señora que llevaba jarrones y otras piezas hechas a mano.
—Camina dos calles, a mano derecha otras dos, doble a la izquierda y ahí está el hotel.
—Gracias—musité.
Caminé dos calles tal y como la señora indicó, giré a la izquierda, y al caminar una calle más me vi en una especie de estrecho callejón.
Ese definitivamente no era el lugar, creo que no había seguido las indicaciones bien y ahora estaba perdida.
Ni siquiera sé por qué me dirigía a ese hotel, ni quién lanzó aquella nota. Pero mi curiosidad me estaba matando.
Caminé tratando de salir del callejón, pero una mano me atrajo a una persona.
—Suéltame—ordené tirando de mi mano.
—Eres muy hermosa para estar sola por aquí—susurró alguien a mi oído.
—No…no estoy…sola—tartamudeé entrando en pánico.
— ¿Qué te parece si nos deshacemos de tu acompañante y vienes conmigo?—dijo mientras me tomaba por la cintura acercándome a su cuerpo.
—No, no tengo ganas y se me hace tarde, me esperan—rechacé con educación.
—Veo que tú no eres de aquí princesa, ¿de dónde vienes? —interrogó.
Podía sentir sus labios cerca de mi mejilla mientras me acercaba cada vez más a él.
—De Francia, por favor suélteme debo irme.
—Tú no irás a ninguna parte—susurró nuevamente y posó una de sus manos en mi pierna, subiendo cada vez más.
— ¡No! —vociferé.
—Tranquila, esto será rápido—mordió mi lóbulo y comenzó a besar mi mejilla buscando la llegada a mis labios.
—No, por favor—imploré llorando.
—Cálmese, se que le gustará
— No, por favor, no—supliqué sin aire.
Metió una de sus manos en mi abrigo despojándome de él. Pasó después por mi blusa, desabrochando cada botón mientras luchaba contra mí para impedirlo.
—Estese quieta—ordenó abofeteándome.
— ¡Largo de aquí! —gritó una persona iluminando el callejón.
—No estamos haciendo nada malo, ¿verdad mi amor? —musitó a la persona que estaba en la salida del callejón mientras tomaba mis mejillas en sus manos.
—He dicho que la suelte—la persona me jaló hacia él poniéndome a sus espaldas.
—No sabe con quién se mete—amenazó aquel tipo.
Tomé lo primero que vi y se lo lancé a mi agresor. Por lo visto fue una botella, pues crujió un cristal y se apagó por completo la voz de aquel tipo.
—Gracias—musité a mi salvador abrazándolo por la espalda.
—No es nada, ¿se encuentra bien?
—Sí—gemí llorando por completo.
—No llores preciosa, sabes que odio verte así.
— ¡¿Ferdinand?! —grité obviamente sorprendida, pero al mismo tiempo aliviada de que fuera él quien estuviera ahí para mí.
— ¿Es que tengo que encontrarte a cualquier parte que voy? —se quejó, haciendo la misma pregunta que yo iba a hacerle.
—Esta vez es diferente—dije nuevamente entre sollozos. Aquel tipo me hacía sentir sucia, de sólo recordar sus palabras me estremecí en los brazos de Ferdinand.
—Vámonos, te llevaré al hotel—me ayudó a levantarme del suelo, y me abrazó por los hombros.
Caminamos en silencio por las calles de Venecia apresurándonos en toda la oscuridad.
—Estás muy callada—murmuró Ferdinand mientras bajaba su brazo para tomarme de la mano.
Con ese simple gesto mi corazón se aceleró desenfrenadamente. Y el palpitar hacía eco en mis oídos. Una sensación maravillosa.
—No, no tengo ganas de conversar—respondí aferrándome a su mano.
—Debí llegar antes, perdóname—respondió.
—No es tu culpa, yo debí seguir las indicaciones de la señora—sonreí para que no se sintiera culpable, porque no lo era.
—Bien, ahora dime ¿Qué haces aquí?
—Qué curioso, yo también te iba a hacer la misma pregunta, te fuiste sin avisar—agaché la mirada.
—Bueno, yo pregunté primero—musitó entre pequeñas risas, no había cambiado nada. Seguía siendo el Ferdinand infantil que conocí en París.
—Vine a buscarte—confesé sonrojándome.
—Wow, que sorpresa, reí que no querías verme.
— ¿Por qué dices eso?
—Fuiste tú la que me dejó para irse a Alemania a estudiar—confesó pasando su mano entre su cabello.
—No, no te dejé por eso, es más ni siquiera te dejé, fue mi padre quien me obligó a irme.
—Supongo que después dejó que vinieras.
Demonios, lo había olvidado por completo, ya llevaba casi dos días lejos de casa y sin avisarles, algo muy desagradable me esperaría a mi regreso.
—Así como que dejarme, dejarme…no—reí.
— ¡¿Qué?! ¡¿Ellos no lo saben?! —preguntó parándose a media caminata.
—No, vine sin permiso, no sé que es lo que te sorprende—me encogí de hombros para restarle importancia.
—Estas aquí, solo conmigo y sin el permiso de tus padres.
—Ferdinand ya pasó un año, ya tengo veinte, creo que puedo cuidarme sola—rodé los ojos.
—Veo que aun tienes ese tic—imitó el movimiento de mis ojos.
—Sí, pero ahora dime tú por qué estás aquí.
—Trabajo—confesó.
— ¿Qué tipo de trabajo? —insistí.
—Me contrataron para un photoshot de una revista, pero una agencia de modelaje me vio en la revista y me canalizó a la pasarela de la semana de la moda en Milán para Armani y al ver que no regresabas decidí continuar con mi vida—confesó un poco entristecido.
—Bueno, suena convincente, te creeré por hoy—respondí continuando el camino rumbo al hotel.
Al llegar Ferdinand me abrió la puerta y agradecí, esta vez honestamente, su gesto.
—Habitación veinte—musitó Ferdinand en la recepción para que le entregaran las llaves.
Subimos en el elevador aún tomados de la mano y sonriéndonos cada vez que nuestras miradas se encontraban.
—Llegamos—musitó abriendo la puerta de la habitación.
Toda la habitación estaba desordenada. La ropa botada sobre la cama y la cocina con trastes un poco sucios.
—Creo que el ama de llaves reportará esto—reí.
—Ya qué, ahora se mantendrá ocupada—se encogió de hombros.
— ¿Cómo puedes decir eso?, yo limpiaré, no hagas sufrir al personal del hotel, ellos no tienen la culpa—me arremangué la blusa y corrí al cuarto de escobas que había en su habitación.
—No viniste aquí a ser la criada de nadie, ya se encargará el servicio de limpieza, es un hotel de cinco estrellas, deberías saberlo.
—Pero es muy maleducado—reproché haciendo pucheros.
—Ya—me tomó por la cintura acercándome a él—no te molestes, prometo no volver a hacerlo.
Besó mi frente de una manera tierna que me deshice en sus brazos.
—Ahora dime que es lo tan importante que debías decirme—susurró en mi oído.
—Te lo diré más tarde—respondí balanceándome de un lado a otro.
Nos recostamos en la cama los dos juntos, nadie dijo nada, pues la situación aún era un poco incómoda.
—Creo que dormiré en el sillón—musitó sentándose en la orilla de la cama.
—No, duerme conmigo ¿sí?
—No creo que sea pertinente.
—Ven—di unas palmaditas en la almohada de al lado.
Se fue acercando poco a poco hasta estar a mi lado. Sólo quería sentir que estaba a mi lado, sentirme segura con alguien.
—No muerdo, acuéstate—sonreí y él lo hizo.
—Bueno, descansa que mañana debemos comer e ir por tu boleto de regreso.
— ¿De regreso? ¿No quieres que me quede? —musité haciendo pucheros.
—Sí, pero tengo otros planes, así que tendrás que regresar y ya nos veremos en Francia—susurró abrazándome y poniéndome a su lado, aspirando una y otra vez el aroma de mi cabello.
—Ya qué—me quejé—hasta mañana.
—Hasta mañana.
Dormimos plácidamente uno al lado del otro, pero el estúpido despertador tuvo que sonar y separarnos.
—Después me tendré que deshacer de él, no dejaré que el despertador nos separe—bromeó Ferdinand.
—Está bien—volteé y él me plantó un casto beso. Un buen inicio de día.
—Levántate, tenemos que bajar al restaurant a desayunar.
Me recogí el cabello para levantar un poco la habitación mientras Ferdinand se duchaba.
—El agua sigue caliente, date un baño y bajemos—ordenó y lo obedecí.
Disfruté como nunca de la ducha, como si fuese la última que recibiría en toda mi vida.
Bajamos al restaurant y todo estaba impecable, aunque no esperaba menos de un hotel cinco estrellas, nos asignaron una mesa en una esquina.
En medio de la mesa estaba una cesta con baguetes para acompañar la comida, una botella de agua y una cestita con salsas para condimentar, sazonar, etc. la comida.
—Siéntate, enseguida traerán la comida—me invitó.
—Pero no he ordenado—recriminé.
—No te preocupes, pedí todo desde la habitación—respondió con la voz un tanto temblorosa.
— ¿Te encuentras bien? —pregunté viendo su estado, estaba sudando, seguramente tenía fiebre o algo parecido.
—Sí, primero, antes que nada, ¿Quieres ser mi novia? —Preguntó de la nada y yo reí—hablo en serio Serene.
—Sí, sí y mil veces sí, eres el amor de mi vida Ferdinand—musité con una enorme sonrisa.
Eso era a lo que venía, a confesarle mi amor y él se adelantó a la noticia.
—Gracias mi amor, ahora sí eres MI AMOR—remarcó cada palabra, logrando que las lágrimas invadieran mis ojos.
Comimos tranquilamente hasta que llegó el postre en un capelo de cristal negro. Lo abrieron poco a poco frente a nosotros y lo primero que vi fue un destello en la parte de arriba de una fresa.
Cada vez se hacía más y más lento el proceso y yo moría de ganas por ver todo el pastel, que por cierto lucía espectacular.
Por fin lo descubrieron y vi lo que estaba sobre la fresa emitiendo aquel brillo.
Era un anillo plateado con diamantes incrustados por todo el aro y con un zafiro mediano justo en medio.
— ¿Qué hace eso aquí? —pregunté a Ferdinand.
—No lo sé, averígualo—sonrió mientras observaba aquel anillo.
No podía ser lo que estaba pensando, apenas y somos novios, de hecho hace dos horas que somos novios.
— ¿Qué es esto? —dije por fin con el anillo en mi mano.
—Serene Boucher—se hincó llamando la atención de todos hacia nuestro pequeño e íntimo rincón—te amo, sé que es muy pronto pero desde que te vi en aquella banqueta…—volteó a ver al resto de los comensales y se puso horriblemente rojo—…bueno, tú sabes qué sucedió ese día—solté una carcajada de nervios.
Tenía la mala costumbre de reírme cada vez que estaba nerviosa, y esa era una de esas situaciones.
—Sólo quiero pedirte que seas mi esposa, que compartas el resto de tu vida conmigo—culminó, mientras me secaba unas lágrimas de los ojos—no quiero que me des respuesta, piensa bien esto, no quiero presionarte.
Me colocó el anillo en mi dedo y besó mis nudillos, para después besar el anillo que estaba en mi dedo.
El restaurant estalló en gritos y vítores después de nuestro espectáculo.
—Ferdinand yo…—colocó un dedo sobre mi boca para callarme.
—No digas nada, por favor, esperaré hasta que puedas darme una respuesta después de meditarlo.
¿Pero acaso no era obvio?, diría que sí, a cualquier cosa que me dijera porque yo sentía lo mismo, pero no quería presionarme, lo dijo claramente y respetaría su decisión.
—Muy bien, te diré cuando regreses a Francia—culminé.

Comimos el postre aún con la mirada de todos sobre nosotros y salimos del hotel rumbo al aeropuerto a comprar mi boleto de regreso a Francia.

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Estuve esperando con Ferdinand mi vuelo, hasta que por fin lo anunciaron.
Subí tras una larga despedida, no podía dejarlo ahí y regresar sola a casa, además de que me fui sin avisar y soltera, y regresaré a casa comprometida. Al pesarlo sentí que el corazón se me detenía.
—Amor, no quiero que te vayas—susurró.
—Ni yo quiero irme, ¿qué te parece si tomo unas vacaciones contigo? —pregunté con la esperanza de un sí.
—No, debes ir a tu casa o tus padres me matarán, si de por sí tu padre me odia y debo pedir tu mano, no quiero imaginar lo que hará cuando me vea llegar contigo, así que no, debes irte—culminó con los ojos tristes.
—Está bien—me di a vuelta y él tiró de mí para darme un último beso.
—Para que no me olvides—musitó mientras se metía hasta el avión conmigo, me dejó en mi asiento y enseguida salió.
Pasó una eternidad para que por fin llegara a París con mi estómago a punto de ser expulsado por completo.
Ferdinand llamó a su chofer para que me llevara sana y salva a casa. Sin duda un hermoso detalle de su parte.
Al llegar a la calle de mi casa vi a las cámaras de diversas televisoras, tanto locales como internacionales.
— ¿Papá? —pregunté al verlo fuera de casa.
— ¡Serene!, has vuelto—me tomó entre sus brazos y me llenó de besos al igual que mi madre.
— ¿Qué está pasando aquí?
—Creímos que te habían secuestrado o que había huido de casa—lloriqueó mamá.
—Ya estoy aquí—giré hacia los reporteros—ahora por favor dejen a mi familia, ya estoy de regreso, no me pasó nada—grité.
Todos comenzaron a retirarse, pero ni ellos ni mis padres se habían percatado del anillo.
—Vamos a casa—musitó mi padre mientras caminábamos al interior.
— ¿Qué es esto? —murmuró mi madre mientras sentía el anillo alrededor de mi dedo.
—Un anillo
— ¿Quién te lo dio? —me mordí el labio con nervios y debatiéndome entre sí decirle la verdad o mentir.
—Ferdinand—confesé gritando.
— ¿Ferdinand qué? —masculló mi padre.
—Serene, felicidades—musitó mi madre abrazándome y llorando sobre mi hombro.
— ¿Ferdinand qué? —insistió mi padre.
—Nos casaremos—susurré con miedo.
— ¿Qué? —preguntó contrariado.
—Nuestra pequeña y el joven Cordier se casarán—gimió mi madre mientras se secaba algunas lágrimas.
—Eso es una tontería, tú tienes veinte años y él unos veintitrés, eso es imposible.
—No—le mostré el anillo—he tomado mi decisión sonreí.
—No lo harás—gritó mi padre.
—Ya es muy tarde ¿no lo crees? —Farfullé—he tomado mi decisión y me temo que no harán esta vez nada para impedirlo.
—Haré lo que sea para impedirlo Serene, así tenga que hacerte elegir lo haré—la boca se me secó en ese instante.
¿Hacerme elegir?, no pensaba en realidad eso, no lo haría. Ya había controlado suficiente tiempo mis decisiones ¿y me haría elegir aun así?, estaba segura de cuál sería mi elección en ese caso.
No tenía nada que perder, ¿dinero?, yo tenía mi dinero invertido en la empresa y Ferdinand también. ¿Mi hogar?, Ferdinand tenía un departamento al que me dejaría mudarme o si no, yo tengo dinero como para hacerme de mi propia casa.
— Piensa bien las cosas antes de cometer una tontería…Lewis—lo llamé por su nombre, jamás me había atrevido a llamarlo así, aun estando molesta.
—Estoy seguro—sonrió—tú eliges.
—Ferdinand—contesté automáticamente.
— ¡Hija! —se sobresaltó mi madre.
—Perdona ma, pero no puedo seguir aquí así, ahora ya no formo parte de este  núcleo “familiar” —giré y me dispuse a salir.
—No me esperen, jamás regresaré a este sitio—sonreí amablemente y cerré de un portazo.
Corrí hacia la calle alejándome lo más posible de mi antiguo hogar, no quería saber nada de ellos. Ni siquiera había sacado mis cosas, o mi dinero, pero al menos salí libre de aquel siniestro lugar.
Corrí sin parar y jadeando en busca de aire hacia el departamento de Ferdinand.
— ¿Hay alguien aquí? —grité tocando la puerta y esperando que el chofer estuviera a cargo de su casa ahí dentro.
Nadie respondió algo, a pesar de que las luces estaban encendidas.
— ¿Me abren? —insistí presionando el botó n del timbre en múltiples ocasiones.
—Enseguida, cálmese, espere un momento—contestó alguien ahí dentro.
Esperé cerca de dos interminables minutos afuera hasta que el chofer me abrió la puerta.
—Oh, es usted, pase—comentó alegre.
—Buenas… ¿tardes? —saludé.
—Sea bienvenida señorita Boucher, el joven Ferdinand me ha ordenado que arregle el departamento, así que por favor perdone todo este desastre.
Por la casa estaba todo aventado, los CD’s con música regados, la ropa botada en la sala y la cocina.
— ¿Para qué es todo esto? —pregunté con cierta expresión de espanto.
—Quería sorprenderla, pero veo que ahora no será posible—rió, ese señor comenzaba a agradarme.
— ¿Puedo quedarme? —pregunté avergonzada.
—Por supuesto, ahora ésta también es su casa.
Me abrí paso rumbo a la que antes era su habitación para encontrarme con un completo cambio, ahora las paredes estaban blancas y con algunos detalles femeninos, unas florecitas en tonos pastel.
Revisé el closet y tenía dentro su ropa y otro espacio más para la mía, ahí colgado estaba el abrigo con el que por primera vez entré aquí y jamás lo regresó; así como ropa de mujer que seguramente también le habían regalado en las pasarelas.
Acaricié la tela de los vestidos recordando aquél momento en el que él me dio ropa para ir a la escuela, y la que por cierto me regaló.
—Ferdinand—suspiré.
Ya no me quedaba mas que esperar a que regresara de Italia, ya no tendría a mis padres apoyándome ni nada de eso, ahora estaba literalmente sola.