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Las estatales- Corazón de hielo

LAS ESTATALES

Ya estábamos a solo un día de la competencia Estatal y no había dormido absolutamente ni una hora, aunque juntando los minutos en los que había cabeceado entre hoy y ayer se juntaría tal vez la hora. Pero aun así no era suficiente como para concentrarme en la última revisión de todo, de todo menos de las rutinas.

Caminé por las gradas probando los reflectores mientras Chelsea revisaba el hielo y Marc se hacía cargo del audio, ¿acaso no había personal especializado para hacer este tipo de cosas?
La entrenadora hizo presencia en la pista haciendo que Chelsea hirviera de ira porque ella ya había dejado lista la placa de hielo y ahora la instructora la había vuelto a marcar con las cuchillas de sus patines.
—Chicos vengan a la pista por favor—nos llamó la entrenadora mientras ella se acercaba a la puerta de entrada.
Todos bajamos corriendo como pudimos hasta donde estaba ella para escuchar la noticia.
—Me parece que Matt no participará en las Estatales, me acaban de dar la carta rechazando su participación bajo el pretexto de que él iría como pareja de la participante Verónica Praxon y que él no había ganado el lugar participando en las competencias locales—sacó la carta y la pasó entre todos para que la viéramos. En efecto, era lo que aquella carta decía.
— ¿Entonces ya sólo seremos dos los que participaremos? —interrogó Chelsea, como si eso no fuese obvio.
—Sí, sólo Verónica con Marc y tú Chelsea con Max—culminó y Marc me entregó la carta.
—Espero que él lo sepa—murmuró Chelsea—de todas formas yo le ganaría—apreté las manos en puños y las metí en las bolsas de mi pantalón para no golpearla.
— ¿Qué sabes tú sobre patinaje?, te la pasas entre quejas, chismes y cotilleos, ¿acaso te has preguntado qué hay más allá de una pista de hielo y los reflectores? —espeté mientras caminaba junto a ella.
Chelsea se quedó parada y me detuve frente a ella. Si iba a hacer las cosas debía comenzar bien desde el inicio.
—Claro que sí y sé lo que es matarse estudiando Praxon, ¿pero sabes  por qué siempre te he ganado? —Negué en un movimiento—. Porque yo tengo algo que se llaman “sentimientos” ¿has pensado en lo que pasaría si expresas algo de eso en la pista? Si te molesté fue para que transmitieras un poco de enojo, algo que hiciera que los demás se fijaran en ti. Mi intención nunca fue molestarte por algún fin personal, era para ayudarte pero por lo visto ni el mismísimo Matthew lo pudo lograr—culminó y continuó con su andar.
—Perdona Chelsea, siempre creí que lo hacías para fastidiar mi existencia pero veo que estaba equivocada—comencé a jugar con las puntas de mi cabello mientras me sentía cada vez más ridícula con la situación—, y gracias por intentarlo, veré que puedo hacer…
—Sonreír, quizá podrías sonreír—me interrumpió—, perdona, la costumbre—desplegó una radiante sonrisa y se retiró con la maleta colgada en un hombro.
Caminé de regreso a los casilleros para ir por mis cosas, necesitaba ocuparme en algo para distraerme y acomodar todas las ideas que, con el cansancio de hace días que cargaba, me resultaban difíciles de comprender.
Salí del recinto y tomé el transporte, sabía que mamá podía pasar por mí pero prefería estar un momento a solas para reflexionar las cosas. Quizá debería llamar a Matthew para saber cómo estaba con la noticia y de paso contarle todo lo que me había pasado con Chelsea. Pero también la opción de tumbarme a dormir en la cama resultaba tentadora aun a plena luz del día.
Llegué a la parada de mi casa y bajé del camión para dirigirme al fraccionamiento. Después de todo Matt podría esperar pero mi cuerpo no.
Me lancé a mi cama y caí rendida.

***

Al siguiente día ya estaba recuperada y con el ánimo lo más alto que podía estar, necesitaba estar radiante y con una enorme cantidad de energía para poder hacer la interpretación que me llevaría a unas olimpiadas o por lo menos a las competencias Nacionales.
Saqué mi celular de un cajón y marqué el número de Matthew para hablar un rato y preguntarle sobre lo sucedido con las Estatales. El celular timbró una, dos, tres veces y él no contestó; volví a llamar y sucedió exactamente lo mismo. Esta vez marqué el número de Shannon para que fuera ella quien le hablara de mi parte. Me urgía verlo antes de la competencia.
—Hola Verónica, estoy por llegar  al Complejo, te veré ahí—me colgó y yo intenté marcarle sin éxito alguno.
Intente esta vez con Marc para que fuera él quien me avisara cómo estaban las cosas por allá.
—Marc, antes de que cuelgues necesito que me digas si ya llegaron más personas—indagué cuando él me contestó.
— ¿Dónde demonios te has metido?, ya casi presentan a los participantes—la sangre se me congeló y tardé en reaccionar. Vi mi reloj y éste marcaba 1:35 PM.
La competencia sería en casi media hora y aun debía maquillarme, peinarme, guardar el vestuario…
—Te dejo Marc, ya voy en camino—mentí y colgué.
Bajé corriendo en busca del fijador en aerosol y el gel, necesitaba horquillas y mis listones… ¡¿donde están los listones?! Salí de regreso a mi habitación para buscar los malditos listones.
Una vez que todo estaba en su lugar me hice el moño en el chongo perfecto e impecable y salí de mi casa por el auto de mamá. Ella me lo había prestado por hoy para llegar a tiempo. Lancé la maleta a los asientos traseros y comencé a manejar. Ya había hecho esto un par de veces, sólo necesitaba relajarme y todo saldría bien.
El celular sonó y activé el altavoz.
— ¿Bueno? —contesté mientras giraba en una curva para dar con la calle que llevaba hacia el recinto.
—Verónica Praxon ¿se puede saber por qué no has llegado? —preguntó Shannon.
—Ya estoy rumbo a la pista Shan, necesito que entretengas a Marc para que no se enoje conmigo y que le marques a Matt porque no contesta su teléfono…por favor.
—Está bien pero date prisa—colgó.
Estacioné la camioneta y bajé hecha un desastre. Las horquillas se estaban saliendo de su lugar y estaba segura de que el rímel se me había corrido por el sudor. Entré a los casilleros y me volví a arreglar.
—Por favor pedimos a los participantes que acaben de prepararse porque estamos a diez minutos de comenzar—dijo la voz de un hombre por el micrófono.
Comencé a ponerme de nuevo el delineador y el rímel mientras pulía las cuchillas de mis patines. Esperaba que estos patines que tenían las cuchillas firmes me dieran la confianza suficiente para salir a la pista y dar lo mejor de mí, y claro, para sonreír un poco y ganar tal y como me lo había dicho Chelsea.
—En cinco minutos comenzamos con la competencia.
Me quité el abrigo y salí a la pista para encontrarme con Marc y practicar un poco. Giré para ver a quienes nos apoyaban y logré ver a mi mamá con una playera estampada con mi nombre. Del otro lado estaba Shannon y Nick con unas enormes pancartas con el nombre de Marc y el mío junto a él. Pero buscaba a alguien más, alguien que no se encontraba ahí.
— ¡Verónica, Verónica! —escuché gritar a la voz de Shannon. Giré mi vista y ella me hizo unas señas para que fuera a verla.
—Perdona Marc, creo que se me está cayendo el peinado—mentí y salí de la pista.
Corrí hacia los casilleros para ver a Shan.
—Verónica—suspiró Shannon mientras me acercaba ya sin aliento— te tengo malas noticias.
Me quedé pasmada a medio camino ¿malas noticias el día de la competencia? Sin duda perdería de nuevo, sólo que un nivel donde el ridículo sería mayor e inevitable.
— ¿Qué sucede?, no tengo demasiado tiempo para estar aquí…
—Matthew está en el aeropuerto porque tiene que ir a ver al comité olímpico porque quieren que él sea el comisionado de los próximos olímpicos de invierno—me interrumpió con las palabras en la boca.
—No—fue lo único que pude decir mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos.
¿Cómo podía abandonarme en el día más importante de mi vida? Caminé con gran lentitud de regreso a la pista. Estaba por comenzar la competencia pero ya no me importaba, me daría igual si ganaba o perdía ¿qué caso tenía hacerlo si las personas más importantes para mí no estaban? Sí, quería demasiado a mi familia y a mis amigos pero Matthew era un caso especial. Si no fuera por él quizá ni siquiera estaría patinando aquí, fue su estúpida biografía que pasó en el noticiero lo que me hizo tomar “Patinaje artístico” como optativa en un verano, pero me enamoré de este deporte y decidí continuar por mi cuenta.
Llegué y ya todos estaban en una hilera listos para ser presentados.
— ¿Ya entregaron su pista? —Interrogó un señor mayor estirando la mano para recibir nuestro CD—. Muchas gracias—dijo amablemente y se retiró a donde estaba una mujer operando el aparato de sonido.
Patinamos tomados de la mano haciendo reverencias hacia el público.
—El orden de los participantes es:
1. Desiré Holt y Carlos Sabán.
2. Chelsea Johnson y Max Lurning.
3. Susane Dant y Gregor Keylarsten.
4. Jazzmine Torres y Cristopher O’Hurley.
5. Verónica Praxon y Marco Peters.
6. Nathalie Evans y Thom Braslant.
Penúltimos, no está nada mal. Caminé para sentarme con Chelsea, Max, Marc y la entrenadora.
—Por favor chicos den todo de sí, no quiero que se queden esperando a que un milagro suceda para que actúen con profesionalismo. Los vi en los entrenamientos y déjenme decirles que lo hicieron bien, las rutinas son originales y casi impecables. Chelsea deberías tratar de dar las vueltas con más fuerza porque te hacen ver muy pesada en la pista…Max deberías poner más fuerza en el momento de lanzarla para que a ella le dé tiempo de aterrizar bien y sin desestabilizarse—ambos asintieron y se comenzaron a poner de acuerdo.
— ¿Nosotros qué debemos mejorar? —pregunté sin interés alguno.
—Tu actitud Verónica, sonríe un poco más y disfruta de tu trabajo…en cuanto a ti Marc te sugiero que no pongas tanta fuerza en las cargadas porque podríamos tener problemas con tu brazo y tu pierna.
Ya había pasado la primer pareja y era el turno de Chelsea.
Las primeras notas de Smooth criminal llenaron el ambiente y con ésta se alzó una serie de aplausos y gritos en cuanto Michael Jackson comenzó a cantar. Chelsea poseía una fuerza admirable cada que hacía un lutz y aquellos saltos triples sobre la punta de los patines. Cuando tocaba la mano de Max parecía que se unieran; la sincronía era perfecta y hasta ahora no había notado algún error en toda la rutina.
Si ella ganaba el primer lugar estaría feliz por eso, por haber perdido ante la patinadora más competente que haya visto en toda mi vida dentro de este excelente deporte.
Era el momento de que la lanzara por el aire y, tal y como la entrenadora lo dijo él puso más fuerza para que ella se estabilizara al caer, sin embargo trastabilló pero seguía sonriendo como si nada hubiese pasado.
Terminaron por fin y los jueces comenzaron a anotar sus observaciones junto con las calificaciones:
6.2, 7.0, 5.4, 8.0, 6.7 y 5.7
Ella no puso cara ni de desagrado ni de gusto, simplemente se limitó a caminar de regreso a su lugar.
—Estuvieron magníficos chicos, no veo la forma en la que pierdan, ambos son la pareja perfecta.
—Gracias Verónica, esperemos que hagas algo mejor para que nos superes—comentó Chelsea y se fue de inmediato a los vestidores.
Me quedé sentada admirando la rutina y los vestuarios de los demás, no había otra pareja que fuera con vestuarios diferentes como nosotros.
Yo iba con un vestido color rojo con brillantes de color negro y plata mientras que él iba con un vestuario que simulaba un traje, hasta con corbata integrada, sus patines los habíamos pintado de negro y los míos conservaban sus colores rosas y blancos.
—Oye Verónica ¿dónde está Matthew Conors? —preguntó Marc mientras arreglaba uno de sus patines porque seríamos los próximos en pasar.
—En el aeropuerto esperando su vuelo para ir a donde está el comité olímpico reunido—suspiré y decidí poner la cabeza en alto—. Pero estoy bien si es eso lo que te preocupa, podré hacerlo sin arruinar las cosas—sonreí de forma natural y me levanté con él para ir directo a la pista.
—Verónica Praxon y Marco Peters—todo el complejo se llenó de aplausos, gritos y demás sonidos ensordecedores en cuanto hicimos acto de presencia sobre la pista.
Y aquí estaba por fin en las competencias Estatales cumpliendo uno de mis mayores sueños, sin embargo todo esto parecía falso, quizá porque mi sueño ahora incluía a un Matthew Conors felicitándome por mi logro y llevándome a cenar después de la competencia.
—Yo puedo, es fácil y lo voy a hacer—me repetí esto a modo de mantra mientras avanzaba de la mano de Marc para hacerle frente a todo este espectáculo de ensueño.
La melodía se quedó flotando en el aire. La podía escuchar. La podía sentir e incluso comprender el sentimiento que embargaba cada nota musical que la componía.
Seguí con la rutina como si fuese normal para mí participar en una competencia tan grande como era esta. Olvidé el hecho de que Matt no estuviera y decidí continuar. Si mi vida iba a seguir su rumbo sin él era hora de que lo asimilara y no huyera como tanto tiempo vine haciendo.
Llegó el momento dentro de la historia en la que la chica se debe alejar de él y así sucedió, me alejé hasta el otro extremo de la pista y lo pude ver. Mathew estaba parado en el umbral de la puerta que llevaba a la salida de emergencia; fue inevitable desplegar una sonrisa llena de lágrimas.
Eso sólo se podía significar que había regresado por mí, que venía ver mi actuación.
Terminé hecha un paño de lágrimas mientras recogía un par de flores que habían arrojado y algunos peluches de conejos que estaban regados cerca de mí. Volví a dirigir mi mirada hacia Matt y él sonrió asintiendo hacia mí.
Fui directo a mi lugar a esperar las calificaciones, pero no puse atención porque seguía anonadada observando a Matthew en la puerta, ¿cómo pudo ese hombre ponerme tan emotiva con sólo verlo?
Ya tenía la respuesta, sabía lo que iba a decirle a Matt después de la competencia. Ganara o perdiera él debía saber si aceptaba o rechazaba su propuesta.
Pasó la última pareja y las luces se apagaron para el descanso. Ya después se anunciarían a los ganadores y con esto vendrían los festejos correspondientes. Yo no esperaba ya el momento en el que dijeran esos nombres, sólo esperaba el momento de ver a Matthew Conors frente a mí escuchando todas las cosas que tenía y que quería decirle.
Y mejor aun, verlo para poder estar segura de que no todo fue un sueño y que realmente estaba ahí conmigo porque me seguía amando.

El ensayo final- Corazón de hielo

EL ENSAYO FINAL

Ya había pasado una semana desde mi incidente con Matt y a decir verdad las cosas habían mejorado, tanto profesional como personalmente para mí.
El único problema que tenía era escoger un atuendo perfecto para la interpretación que se me viera bien y que le quedara también a Marc. Habíamos visto ya un catálogo virtual de diferentes vestidos y trajes pero no habíamos dado con el indicado, yo quería uno que tuviera una especie de falda ampona especial para el patinaje y a él le quedaría bien una tela que simulara un smoking pero ¿acaso alguien pensaba en eso cuando comenzaron a confeccionar vestuarios para el patinaje? Supongo que no.
—Ya llevamos mucho tiempo viendo esto, yo digo que encarguemos los morados y ya, no creo que sea tanto problema con el vestuario, lo importante es la rutina—dijo Marc interrumpiendo mi bostezo.
— ¡¿Qué no es importante?¡—abrí de golpe los ojos— la juez rusa, esa mujer del apellido imposible de pronunciar, estará juzgándonos, ¿sabes por qué no califiqué a las Estatales el año pasado? —pregunté levantándome como resorte.
—No Verónica pero…
—Nada—interrumpí—, no califiqué porque mi vestido no iba de acuerdo a mi rutina del lago de los cisnes y Chelsea ganó porque su faldilla era perfecta para un cha-cha-chá eso fue nefasto y frustrante Marc, por eso quiero el vestuario perfecto—volví a mi silla y volví a mover el catálogo hasta la primer hoja.
Seguimos por un par de minutos revisando cada vestuario, él revisaba los de mujer— que eran más sencillos —mientras que yo seleccionaba el de hombre que era más complicado pues a decir verdad no existía gran variedad.
Paramos justo cuando entró mi madre a casa con un pequeño pastel para celebrar que ya habíamos terminado el semestre de la preparatoria y nuestro posible triunfo en las Estatales.
—Ya vine Vero, traje tu pastel favorito…—se detuvo al ver a Marc—hola Marc, que gusto volver a verte, espero que las cosas sigan bien en tu casa.
Años atrás sus padres se estaban separando pero no concluyeron eso, se reconciliaron y fin del asunto.
—Gracias señora Praxon, ellos se encuentran bien y gracias por el pastel…
—Hey torpe, me lo ha traído a mí—reclamé pegándole en las costillas con el codo.
Apagué mi tableta electrónica y fui corriendo a bajar platos y vasos para poder comer ese delicioso pastel.
—Bueno muchachos los dejo porque debo regresar al trabajo, coman el pastel y sigan practicando, espero que ganen—besó mi cabeza y salió disparada hacia la camioneta para ir a su trabajo.
—Y así es todos los días—suspiré apesadumbrada.
No quería que mi amigo se compadeciera de mí, sólo buscaba cierta empatía de su parte para que dejara de presionarme con los ensayos. Quizá ya había salido de vacaciones pero eso no significaba que deberíamos ensayar doce horas al día, con ocho eran más que suficiente.
—Verónica por favor vayamos a la pista quiero perfeccionar el salto en el que te tengo que levantar, no me siento seguro al respecto—hice una mueca de reproche pero terminé asintiendo con la cabeza; ya nada perdía con regresar a patinar y además me serviría de distracción.
—Por cierto Marc, ¿dónde está Shannon? —pregunté al darme cuenta que por primera vez estaba a solas con mi amigo sin su novia.
—Ahora que lo dices ella me comentó que comenzaría a retomar sus clases de pintura—dijo con una enorme sonrisa. Tuve que reprimir las ganas de brincar a sus brazos como hubiese hecho antes.
—Wow, que bueno…creo que debería ir más tarde a felicitarla…—Marc hizo una mueca que no me agradó.
—Bueno, de hecho íbamos a celebrarla saliendo pero supongo que podría cambiar los planes…
—Muy bien, entonces vallan, creo que podré ponerme a ver el catálogo hasta elegir los vestuarios—comenté tratando de no parecer molesta.
—Verónica por favor…
—Lo digo en serio—interrumpí—, quiero ganar la competencia y creo que el vestuario es algo indispensable así como la rutina así que vámonos a practicar.
Cogí la maleta con mis viejos patines y con el vestido que usaba para las prácticas.
—Verónica, usa los que te regaló Matthew, esos patines se romperán en la competencia y entonces no podrás ganar—desplegó una sonrisa al darse cuenta que me había derrotado en esta recién iniciada discusión,
Regresé a mi habitación y puse los patines dentro de la maleta para poder partir hacia la pista. Caminé por las calles para ir a la parada del autobús con Marc. No quería ir caminando con mi maleta, deseaba sentarme y esperar hasta que paráramos en el Centro.
Llegamos y comencé a caminar furiosa hacia los casilleros para poder arreglar mis cosas para el entrenamiento. Aunque Matthew y yo hubiésemos separado nuestra etapa de odio mutuo debía reconocer que seguía sintiendo algo por él y que lo estaba reprimiendo, el problema era que no sabía hasta cuándo duraría todo esto para por fin librarme de él.
Me puse el vestido azul con detalles blancos para mi entrenamiento, después me calcé los patines rosas que sobresaltaban de todo el vestuario y fui directo a la pista para patinar en círculos y calentar las piernas para no quedarme paralizada de dolor en medio ensayo. Revisé el disco que llevaba en la mano con la melodía que Marc y yo íbamos a interpretar. Esa melodía tan ligera y a la vez llena de ritmo que ambos danzaríamos en el hielo.
Suspiré y seguí patinando.
— ¡Hey Verónica! —me llamaron y alcé la vista para enfocar a la persona que se dirigía a mí. Era Matthew Conors.
Suspiré agobiada y fingí una sonrisa natural mientras él entraba a la pista cargando una grabadora.
— ¿Dónde está tu escultural bailarina? —pregunté mientras me alejaba de él patinando.
—Practicando tenis en su colegio, por cierto ¿y tu pareja? —revisé a mi alrededor y caí en la cuenta de que ya llevaba cierto tiempo dando vueltas como una loca en la pista.
—Bueno, la verdad el debería estar cargando esa grabadora, dijo que iría por ella pero es evidente que no ha regresado—me acerqué a revisar por las gradas dónde demonios se había metido mi “amigo” —. Pero no hay problema, ya ensayaré yo sola.
—Si quieres podría practicar la rutina contigo y así tú practicarías la mía conmigo.
«No». Fue lo primero que pensé en cuanto escuché su propuesta, pero faltaba una semana exactamente para las Estatales y debía ser precisa y casi perfecta al momento de interpretar esa melodía.
—Está bien, primero ensayemos la mía y después vamos con la tuya por favor, tú ya eres un profesional en esto y yo necesito practicar—comenté y él sonrió para después asentir con la cabeza.
Le entregué el CD con la música y él procedió a ponerla dentro de la grabadora. La melodía comenzó a sonar cuando ya tenía a Matt frente mí sosteniendo una de mis manos como si fuésemos a bailar un vals, me tomó por la cintura y en efecto, comenzó a danzar en un compás de tres tiempos con algunos giros básicos ¿qué demonios estaba pasando con él?
—Oye Matt, por favor suéltame—apretó su agarre a mi cintura—, por favor ya basta, esta no es mi rutina…
—Lo sé—susurró a mi oído—, pero a mí me parece mejor esta rutina.
Siguió sin soltarme guiándome por toda la pista hasta que la melodía se detuvo y quedamos frente a frente; por un momento creí que él me iba a hacer a un lado cuando fijó su mirada sobre su hombro.
—Oye Matthew creo que es hora de que ensayemos…—no pude terminar la frase por que movió de una manera tan brusca que quedé recargada por completo en su antebrazo mientras él soportaba el peso de mi cuerpo y se estabilizaba.
—Te amo Verónica, ya no puedo seguir con la farsa—me besó. Al principio fue un beso tímido, pero después nos dejamos llevar hasta quedarnos sin aliento.
— ¡¿Por qué Matthew?! —espeté molesta, tenía ganas de dejarlo ahí plantado mientras yo corría pero ya no lo haría, esta vez lo enfrentaría hasta que lo solucionáramos—, ¿por qué diablos me besaste?
—No tenía otra opción Verónica, te dije muy claro que no podría estar mucho tiempo sin ti.
—Pero yo sí que puedo Matt—me separé un par de pasos pero no para correr, sólo para guardar cierta distancia entre ambos—, ¿dónde está Marc? —él se pasó la mano por el cabello mientras giraba un par de veces sobre su lugar.
—Le dije que nos dejara solos—puso sus manos sobre su cintura y soltó el aire que había estado conteniendo—, le dije que me dejara para arreglar las cosas pero veo que sólo las he empeorado. Pero por favor Verónica dame otra oportunidad.
«No». Volvió decir mi mente pero emocionalmente quería decir un rotundo si.
—No lo sé Matthew, déjame participar en las Estatales y te daré una respuesta—una breve sonrisa iluminó mi rostro y, por más que me desagradara admitirlo, una carga se aligeró después de lo que respondí.
Practiqué el resto de la rutina sola, sabía que Marc tenía una buena explicación para haber permitido que Matthew se quedara conmigo. Terminé mi parte de la rutina y proseguí a guardar las cosas en la maleta para regresar a casa. Salí y Matthew me estaba esperando afuera con su automóvil color plata.
—Matthew…—murmuré con tono de desaprobación.
—Oh vamos Verónica, es sólo un favor por parte de tu amigo—asentí y me monté en el cómodo auto—. No te duermas—murmuró mientras yo luchaba por mantener los ojos abiertos—, ya casi llegamos hasta tu casa.
No me enteré de cómo llegué a mi casa y peor aun de cómo había subido hasta mi habitación. Me moví aturdida y el piso comenzó a dar vueltas frente a mi ¿qué había pasado?, revisé cada rincón de la casa para asegurarme de que todo estuviera en orden, y en efecto, todo se encontraba tal y como se había quedado. Revisé mis bolsas en busca de las llaves y no estaban, revisé mi cómoda y ahí estaban junto a un papel.

“Verónica, perdóname pero no tuve otra opción que subirte hasta aquí, tú me diste las llaves y es más, abriste la puerta…creo que eres sonámbula porque te hablaba y no respondías. Espero que hayas recuperado esas energías que perdimos en el ensayo”
Con cariño Matthew Conors

Lancé la nota y bajé a comprobar que la puerta estuviera cerrada.
Por qué rayos dejé que Matthew entrara a mi casa y peor aún, que entrara directo a mi habitación ¿y si se había llevado algo? Subí corriendo de regreso a mi cuarto para comprobar que todo estaba en su lugar pero no, no todo estaba bien, ¿dónde estaba el portarretratos de la cajonera? Seguí caminando dentro de mi recámara y escuché un crujido bajo mi zapato; levanté el objeto y era el portarretratos sin la foto.
“Te veías tan hermosa que no pude resistirme”
Decía una nota puesta en el lugar donde estaba mi foto.
Lancé el portarretratos y me lancé a la cama. No sabía cuánto tiempo me había quedado dormida, pero aun tenía sueño. Caí rendida en cuanto me quedé cómoda sobre la almohada.

Capítulo 13 "Acepto"- Amor por accidente

ACEPTO


El resto de la semana pasó lentamente.
Me dediqué exclusivamente a asistir a las juntas de inversionistas que se suscitaron en la empresa, lo cual molestó demasiado a mi padre, pues asistía como “inversionista” y no como la vicepresidenta, cargo que yo había abandonado.
En mi lugar dentro de la vicepresidencia se quedó Christopher, le sugerí a mi padre que lo contratara, pues es muy capaz para esas grandes responsabilidades, y hasta la fecha lo ha desarrollado bien.
Comencé a entenderme mejor con Kail, el mayordomo y chofer de Ferdinand, quien inició una semana llena de bromas y no dejaba de llamarme “Señorita de Cordier”, cosa que me agradó de inmediato.
Pauline aún no lo sabía y tenía que ir a verla para avisarle todo, para mantenerla al tanto de mi avance con Ferdinand.
Salí por uno de los autos de Ferdinand para ir a casa de Pau, después de todo este drama ya había superado lo de mi accidente y podía manejar bien, aún con un poco de precaución extra, pues según el médico el accidente me dejaría secuelas.
—Pau, soy Serene—llamé a su puerta.
—Pasa—abrió y me recibió con un abrazo.
— ¿Dónde te habías metido?, tus padres casi destruyeron mi departamento diciendo que estabas aquí—contó muy molesta.
—Lo siento, estaba en Italia.
— ¿Italia?, ¿Qué no se supone que estarías en Alemania estudiando? —frunció el ceño
—Algo así, sí me fui a estudiar y te extrañé demasiado.
—Pensé que ya me habías cambiado—bromeó.
—No, jamás haría eso, pero en fin, fui a Italia sólo por una razón—levanté mi mano frente a mi rostro para mostrarle el anillo.
Las dos soltamos gritos de euforia y emoción, nos abrazábamos y Pauline sólo jalaba mi mano de un lado a otro para observar detenidamente el anillo.
— ¿Quién fue el valiente y afortunado? —preguntó a punto de entrar en lágrimas.
— ¿En verdad quieres saber? —musité.
—Sí, por eso pregunto, ahora dime, dime, dime—exigió.
—Ferdinand, Ferdinand me propuso matrimonio—y me solté a llorar de emoción, por fin me permití abrirle paso a mis emociones, con Pauline siempre podía ser así.
Después de secarme las lágrimas vi el rostro de mi amiga con una mirada perdida, como si no expresara absolutamente nada.
— ¿Pasa algo? —interrogué preocupada.
— ¿Ferdinand?, ¿Ferdinand Cordier?, ¿El Ferdinand que conocemos? —preguntó aún sin darle créditos a mi aviso.
—Sí, él mismo.
— ¿No que no te gustaba? —por fin sonrió.
—“Aba”, ahora es completamente diferente—suspiré.
—Amiga, eso es amor—me dio unas palmaditas en la espalda.
— ¡Lo sé! —grité emocionada.
— ¿Por qué no me avisaste antes?
—Porque me estaba mudando.
— ¿Ya vives en su casa?
—Algo así, pero es que tuve una pequeña pelea con mis padres y me hicieron elegir entre ellos o mi boda. Obviamente elegí mi felicidad, la boda.
—Buena elección, pero pudiste venir aquí—recriminó.
—Lo sé, pero quiero estar para Ferdinand en canto vuelva.
Nos quedamos un largo rato sentadas en el sillón y comiendo una pizza que ordenamos.
La película trataba de una chica que había escapado de varias bodas por miedo al compromiso.
—Gracias por el apoyo—bufé y Pau rió.
—Es lo que hay en la TV. Bien Serene, me temo que en unos momentos tendré visitas, espero que la pases bien.
— ¿Me estás corriendo?
—No, pero esto es muy importante, así que mañana te veré para terminar de charlar.

Me sacó de su casa y cerró la puerta. Algo importante tenía que hacer como para tratarme así.

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Pasaron por fin los tres días que restaban para que Ferdinand regresara y yo estaba impaciente en la casa.
Le había preparado un pastel de fresas con chocolate, que si bien no era el más exquisito, tenía buen aspecto y por lo menos mostraba indicios de ser comestible.
Pasaron las horas y estaba muy nerviosa hablando rápidamente con Kail, quien trataba de calmarme.
— ¿Y si vamos por él al aeropuerto? —sugerí.
—Si quieres darle una sorpresa, creo que debemos esperar—sí, ya teníamos tanta confianza que nos hablábamos de “tu”.
—Bien Kail—rodé los ojos—esperaremos al señor Boucher en su casa.
Pasaron más horas de agonía.
— ¿Entonces le dirás que si? —interrumpió Kail.
—No lo sé, eso será sorpresa para los dos.
—Eres una tramposa, deberías decirme para evitar mis gritos—rió—no sabes el escándalo que se armaría.
—Ya cálmate, te dije que fuéramos al aeropuerto.
Alguien tocó el timbre y me apresuré a abrir, ganándole así en la carrera a Kail. Le mostré la lengua y abrí rápidamente.
—Ferdinand—grité al verlo y me lancé a sus brazos.
—Serene, te extrañé demasiado—murmuró contra mi cabello.
—Pasa.
Dejó las maletas en la sala y reaccionó al verme ahí.
— ¿Qué haces aquí?
—Mi padre me hizo elegir entre ellos o tú, creo que has ganado—sonreí.
—Pero debo pedir tu mano…
—Ya tomé mi elección—interrumpí y él se puso pálido.
—Ferdinand, yo no puedo…
— ¿Es un no?
—Déjame hablar—espeté torciendo la boca—yo no puedo…no puedo…negarme a esto, tú eres maravilloso y me alegra que me hayas encontrado en la banqueta, uhm…eso no sonó muy bien.
—Bueno, no sé de alguien más que haya dicho tan conmovedoras palabras—reímos—pero continúa.
—Bien, como te decía, eres maravilloso, omitamos la parte del encuentro, pero sí.
— ¿Sí qué?
—Acepto Ferdinand Cordier, quiero ser tu esposa.
Corrí hacia sus brazos para después fundirme en su boca, extrañaba eso. Sentir sus labios contra los míos y su lengua intrusa en mi boca, extrañaba ese sabor mentolado de su boca y su perfume delicado que despertaba mis sentidos.
—Te amo—musitó recargando su frente contra la mía.
—Yo te amo más—respondí con un casto beso.
Salimos a comer a un restaurant y en el camino le conté sobre el problema de la familia Boucher.
—No te preocupes, no pueden estar molestos para siempre.
—Se ve que aún no conoces a mi familia—sonreí amargamente.
—Pero lo haré por ti, enfrentaré a tu padre—le dio mi dirección a Kail y de inmediato se dirigió hacia allá.
—No Ferdinand, detente, esto no es necesario.
—Quiero hacerlo de la manera correcta, de todas formas ya me diste el sí—rió.
—No quiero que lo hagas, no es por hacer lo correcto, mi padre te odia y no creo que seas muy bien visto en mi casa, no lo hagas por favor—rogué abrazando su cintura.
—Perdona, pero debo hacerlo, eso se llama educación.
Y listo, ese era un argumento muy válido para mí y pensándolo bien, si lo intentaba tal vez podría convencerlo de que él era perfecto para mí.
Llegamos a mi casa y toqué tímidamente la puerta y la sirvienta abrió.
—Señorita Serene, pase—musitó.
Se hizo a un lado para dejarnos pasar a mi antigua casa.
—Señor, señora Boucher—saludó Ferdinand y yo no dije ninguna palabra.
Creo que no estaba ayudando de mucho aquí.
—Padre, madre—decidí saludar tras un incómodo silencio.
—Señor Cordier—saludó mi padre ignorándome y mi madre se introdujo de inmediato subiendo las escaleras hacia mi habitación.
—Perdona que venga así a su casa pero tengo un asunto muy importante que hablar con usted.
—Sé a qué te refieres—musitó tranquilo mi padre.
Esa actitud no era propia de él, esperaba que se abalanzara a golpearlo o que lo amenazara o quizá que me dejara en casa y lo sacara para mantenerme ahí con ellos.
—Entonces será más fácil—suspiró mi prometido.
Mi padre nos dijo que tomáramos asiento en los sillones de la sala, cosa que nos puso más nerviosos. Ferdinand me tomó de la mano para que pudiera tranquilizarme o al menos para que me sintiera segura. Y lo logró.
—Vengo a pedirle la mano de su hija, me quiero casar con Serene…yo…yo la amo—musitó tiernamente y con sinceridad.
—Lo sé, se lo que ambos sienten y los comprendo, pero ¿no creen que es muy pronto?
—No papá, no lo creemos—respondí interrumpiendo.
—Joven Cordier, debe estar enterado ya del problema que tuve con mi hija, ¿me permitiría un momento a solas con ella? —musitó cortésmente y Ferdinand sólo asintió dejándome en la sala con mi padre.
Tragué con dificultad y me puse de pie para tomar valor ante lo que viniera y poder afrontarlo.
—Lo lamento Serene, no debí reaccionar así. Debí darme cuenta desde el principio de lo que sentías por ese joven, perdóname por favor—musitó con la voz partida.
—Padre, estás perdonado, no era necesario esto.
—Para mí sí—me abrazó y así terminó una satisfactoria reconciliación con mi familia—ahora ve por el chico, debo decirle algunas cosas.
Fui hacia la cocina a ver a Ferdinand, quien estaba caminando nerviosamente de un lado a otro.
— ¿Qué te dijo? —indagó aún nervioso.
—No es muy importante, no pasó nada, ya puedes ir, de hecho quiere verte—sonreí.
Caminamos lentamente con nuestras manos entrelazadas hacia la sala.
—Joven Cordier, he pensado en su petición—prosiguió mi padre—y creo que tus intenciones son buenas.
—Gracias—tragó Ferdinand con dificultad.
—Y sí, supongo que puedes casarte con mi hija, aunque supongo que mi opinión no es muy necesaria, pues ella ya aceptó—solté una risita nerviosa—espero que sean felices juntos, cuida bien de mi hija.
—Lo haré señor Boucher, eso téngalo por seguro.
—Entonces disfruten de su día.
Avanzó a abrirnos la puerta y así nos dispusimos a salir.
—Amor, quiero hacer los preparativos—musité en el camino de regreso a casa.
— ¿Preparativos para qué?
—Para la boda.
—Podríamos esperar si quieres.
—Y yo que pensé que nos casaríamos pronto—suspiré dramáticamente.
—Como quieras preciosa…—se detuvo— ¿ya puedo llamarte así?
—Mi opinión al respecto jamás te detuvo—respondí.
—Muy bien preciosa, cómo y cuando tú quieras haremos los preparativos de la boda.
Al llegar a casa llamé a Pauline para que me diera “la lista”. No faltó mucho tiempo para escuchar el rugir del motor de su transporte tan peligroso.
—Felicidades Ser, aquí está—me tendió la tan preciada lista que ya teníamos enmicada.
—Siempre pensé que tú serías la primera en usarla—musité.
—Yo también, aunque ya decía yo que te traías algo con Ferdinand.
—Ya basta, ahora sólo debemos marcar los números.
—Ve por tu teléfono Ser, tendremos demasiadas horas de trabajo.
“La lista” consistía en una serie de números de diferentes tiendas para nuestras bodas, teníamos ya la florería, la casa diseñadora, la iglesia, los regalos, los adornos, todo estaba perfectamente planeado.
Iniciamos la lista desde hace cuatro años, cuando recién salíamos de la preparatoria. Las dos teníamos una cierta obsesión con algo que su madre algún día nos dijo: “Si quieren una hermosa boda, deben planearla lo más pronto posible, aún si faltan años para eso”.
Su madre tuvo una boda desastrosa, dice Pau que hasta el pastel llegó al día después de la boda y por nada del mundo queríamos que eso nos sucediera.
Llamé a la tienda en la que hice una cita para ver invitaciones. Había visto en su sitio web un modelo de una especie de conejos de Chanel hermosos.
Después de eso iría a recoger un vestido que había encargado desde el momento en el que puse un pié en Francia cuando me propuso matrimonio.
Por último visitaría el servicio de banquete para obtener alguno que fuera delicioso, pues el dinero jamás sería problema.
Asistí con Ferdinand a ver las invitaciones, y eran magníficas, tenían una textura muy delicada y las letras estaban impresas con una fina capa de tinta.
Después fuimos por el vestido, un hermoso vestido rosa pálido de Versace.
Era de forma princesa, escote asimétrico, la tela claramente era organza y tafetán, sin mangas y con una cola corta. El vestido perfecto para mí.
— ¿Por qué de ese color?, pensé que debía ser blanco—musitó Ferdinand mientras cargaba el enorme vestido para meterlo en el auto.
—Me gusta el rosa y se ve casi blanco, supongo que de lejos nadie lo notará—me encogí de hombros.
— ¿Qué otro lugar nos falta?
—Mmm…—revisé mi agenda para la boda—sólo hoy debemos ir al servicio de banquetes para poder elegir lo que queremos que se sirva.
Esbozó una sonrisa, pues sabía que nos darían una pequeña muestra del menú para elegir, cosa que supongo lo volvía loco y alegre.
Llegamos casi derrapando frente al establecimiento y entramos por unos elegantes canceles de vidrio.
—Supongo que deben cocinar esquicito—murmuró mi acompañante.
Inhalé el aroma que provenía de lo que supongo era la cocina, era una mezcla de especias que me abrió enormemente el apetito.
—Adelante, enseguida les traeremos la carta y las muestras de lo que deseen—informó la señorita como una especie de “protocolo”.
—Gracias—respondimos al mismo tiempo y nos sonreímos mutuamente.
— ¿Qué es lo que deseas?
—No lo sé, supongo que algo sencillo.
—Pero es nuestra boda, así que date el gusto de pedir, si así lo deseas, lo más caro del menú.
—Ese no es mi estilo Fer, sólo quiero cosas simples.
Revisamos varias veces la carta que nos dio la señorita castaña con falda corta que no apartaba la vista de mi prometido.
— ¿Se le ofrece algo? —preguntó Ferdinand y aquella castaña se ruborizó.
—Ehm…no, no pasa nada, continúen con lo suyo—tartamudeó torpemente la castaña.
— ¿Tienes que causar eso a cada lugar al que vayamos?, porque te advierto que soy muy celosa—hice un puchero infantil.
—No las culpo—bromeó.
Continuamos eligiendo y probando los platillos, al final nos convenció como entrada una crema de tomate y zanahorias, como plato fuerte unos ravioles de queso y espinaca y como postre una pequeña compota de fresas.
Lo más complicado fue el pastel. Yo lo quería cuadrado y de un solo piso, mientras que Ferdinand lo quería de tres pisos y circular. Después de una ardua discusión sobre el pastel dejé que él eligiera.
El resultado fue un pastel cuadrado de tres pisos con betún de quesocrema y mantequilla; el relleno de fresas del primer piso, luego uno de blueberrys y el último de zarzamora. Lo único con lo que estaba yo de acuerdo.
—Por fin terminamos—inició Ferdinand mientras guardaba las notas y tickets en su bolsillo.
Manejó a casa muy lento, mientras con una mano sostenía el volante y con la otra tomaba mi mano y la estrujaba de vez en cuando.
—Te amo Serene Cordier—musitó suavemente, haciendo hincapié en su apellido.
—Suena bien—sonreí.
—O si gustas puedo quedarme como Ferdinand Boucher.
—Créelo o no, me encantó tu nombre en cuanto lo escuché, suena bien.
— ¿De verdad?, yo amaba tus marcas, Yves—tocó mi nariz con su dedo índice.
Continuamos en silencio hasta casa para hablar a la iglesia. Según las invitaciones nuestra boda sería dentro de tres semanas.

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Las semanas pasaron muy rápidas, y con éstas se fueron mis ganas de comprar, de salir, de hacer cosas al aire libre. Comencé a vivir cas enclaustrada mientras Ferdinand salía sin mí a trabajar o simplemente a distraerse, pero es que los nervios de que estábamos a un día de la boda no me dejaban en paz. Ya hasta estaba soñando que yo interpretaba aquella película que vi con Pauline sobre la chica que escapaba de sus bodas.
— ¿Estás bien?, tienes ojeras Ser y luces pálida, si sigues así mañana te verás horrible.
—Eso no me ayuda mucho.
Llevaba dos días seguidos sin dormir y eso ya había causad estragos en mi piel.
—Es muy en serio Serene, debes ir a dormir.}
—No tengo sueño.
—No me importa.
Se acercó rápidamente al sofá y me cogió por las piernas y la cintura para que me acomodara en sus protectores brazos.
— ¡Bájame! —exigí.
—Duérmete—respondió.
—No tengo sueño.
—Que mal porque yo sí, y tengo ganas de dormir junto a mi amada—besó de frente y me dejé consentir.
Subimos lentamente las escaleras y sentí cómo mis párpados se cerraban involuntariamente hasta que quedé profundamente dormida.
Desperté a las cuatro de la mañana , cuando las asistentes entraron a mi habitación gritando.
Me ordenaron que tomara un baño en la tina con “sales de no sé qué cosa” para que mi piel se repusiera de las horas de sueño que jamás tomé.
AL finalizar procedieron a ponerme el vestido, maquillaje, uñas, peinado. Todas estaban sobre mí y no había señales de Ferdinand.
— ¿Saben algo sobre el novio? —interrogué a una de las personas que me estaban arreglando.
—Es de mala suerte ver al novio antes de la boda—susurró como si la hubiera amenazado de muerte.
—Está bien—bufé.
Después de un arduo y complicado arreglo de imagen salí para recibir la limusina con mi padre dentro.
—Te ves maravillosa hija, no puedo creer que te vayas a casar, sólo tienes veinte, se supone que disfrutarías tu juventud—sonrió amargamente.
—Esta es mi forma de disfrutarla papá, y qué mejor que con una nueva familia.
—Pero para ser una familia necesitan tener hijos.
—Lo sé, pero ya pronto lo seremos.
— ¿Estás embarazada? —gritó sorprendido y yo solté una carcajada.
—No, aún no, pero supongo que no faltará mucho.
—No sigas Serene o me arrepentiré de esto.
—Pero no eres tú el que va a aceptar.
Me sonrió y abrió la puerta para que saliera frente a la iglesia.
Me acerqué hasta la entrada y me recibió Pauline, sí, ella era mi dama de honor y Christopher, a pesar de todo, fue elegido por Ferdinand como padrino.
Comenzó a sonar la marcha nupcial y cogí el brazo de mi padre lista para la entrada, sólo un par de pasos me separaban del altar, donde esperaba mi futuro esposo.
Con cada paso recordaba cada imagen de nosotros discutiendo, cada beso, cada cumplido, cada sonrisa y sobre todo, cada momento en el que lo encontré como un accidente y agradecí que así fuera, que el destino eligiera un solo camino para nosotros, para compartirlo por el resto de nuestras vidas.
—Queridos hermanos y hermanas—inició el padre—nos encontramos aquí, en la casa del señor para unir en sagrado matrimonio a esta afortunada pareja, a Serene Boucher y a Ferdinand Cordier, quien al aceptar ante Dios, jurarán permanecer juntos pase lo que pase.
Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista mientras mi perfecto maquillaje se deslizaba con ellas. Ferdinand tomó fuertemente mi mano mientras hacíamos caso omiso a las palabras del padre.
—Pueden proseguir con sus votos—susurró el padre esperando que habláramos, y fue Ferdinand quien tomó la iniciativa.
—Serene Boucher—tragó con dificultad mientras yo sofocaba mis sollozos—yo, Ferdinand Cordier, me entrego a ti, sabiendo que la magia de nuestro amor es caminar juntos, en la prosperidad y en la adversidad. Quiero ser tu compañero, y  que tú seas mi compañera todos los días de mi vida—terminó.
—Yo Serene Boucher me entrego a ti este día, para compartir mi vida contigo. Puedes confiar en mi amor por que es real. Prometo serte una esposa fiel, compartir y apoyarte en tus sueños, esperanzas y metas. Mi voto estará contigo para siempre. Cuando caigas, te levantar; cuando llores te reconfortaré, cuando rías compartiré tu gozo. Todo lo que tengo y todo lo que soy es tuyo, desde este momento hasta la…—mi voz comenzaba a ser inaudible a estas alturas, pero estoy segura de que al menos Ferdinand si podía hacerlo—…hasta la eternidad.
—Serene Boucher, ¿aceptas a Ferdinand Cordier como tu legítimo esposo?
—Sí, acepto.
—Ferdinand Cordier, ¿aceptas a Serene Boucher como tu legítima esposa?
—Sí, acepto.
—Por el poder que me concede Dios, yo los nombro marido y mujer.
Pasó Chris con los anillos y Ferdinand lo deslizó en mi dedo. Imitando sus movimientos puse la sortija en su dedo.
—Ferdinand Cordier, puede besa a la novia.
Tomó mis manos y me dio un casto beso, todos tomaron fotografías, videos, todo o que podían por recordar ese momento. Incluso vi a mi padre llorando, de verdad le era difícil dejarme ir, pero supongo que fue muy tierno de su parte aceptar la realidad y dejarme vivir mi vida a mí gusto.

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Probablemente la vida en los cuentos de hadas no pueda ser posible, eso no sucede a diario, pero tuve la suerte de conocerlo y de que mis sentimientos fueran correspondidos.
Parecerá el final de una linda historia.
Pero para nosotros apenas y es el inicio.

~FIN~