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Hasta nunca- Corazón de hielo

HASTA NUNCA

Matthew no tardó mucho en irse y ni siquiera hizo el intento de cambiar mi respuesta, al parecer lo había ofendido pues no tuvo el valor de despedirse. Sinceramente no me importaba, por el momento sólo debía descansar hasta que la inflamación de la cabeza se bajara y la herida no se notara tanto, después de todo debería sujetar mi cabello en una especie de chongo para que no viera esa abertura que delatara lo que había estado haciendo.
Saqué más hielos del congelador y los vacié en una bolsa, la puse sobre mi cabeza y continué caminando de un lado a otro por mi habitación. No tenía ganas de quedarme ahí dentro esperando a que mi mamá regresara, eso no era normal en mí.
Cogí el teléfono de la casa y le marqué a Shannon para que fuera a verme a casa, de todas formas me debía una explicación por los gritos sin sentido que me dio afuera de la farmacia, además de que me encontraba en la forzosa obligación de contarle lo que me había pasado con Matthew Conors.
Marqué los números que me sabía de memoria y el tono del celular de mi amiga se escuchó justo detrás de la puerta, no me extrañaba que ella estuviera ahí. Desde hace años que parecemos radares que sólo funcionan con la otra, cuando yo la necesitaba ¡voila! Ella estaba afuera de m casa y viceversa.
Abrí la puerta y de repente entró como una ráfaga de viento sin pedir permiso, nuevamente tomó su asiento en el sillón y subió sus pies sin quitarse los zapatos para poder llenar de tierra los cojines y tener un pretexto para verme sacudir nuevamente la casa mientras ella se burlaba. «Pero lo soportaré sólo por la bofetada que le acomodé» me recordé mientras sacaba la escobetilla para sacudir mis cojines.
—Hola Vero, vine a ver qué tal te fue en tu momento a solas con Matthew—musitó al ver que yo no hablaba.
—No pasó nada importante realmente, lo normal. Vino, me vendó la cabeza, colocó hielo sobre la herida, lo que todo hombre haría con su chica ideal—dije con sarcasmo mientras acomodaba los cojines que ella había desordenado.
—Que chistosa Verónica, pero es en serio ¿acaso no sirvió de nada tanto esfuerzo?
— ¿De qué hablas?
—Es obvio que te grité porque quería dejarlos a solas para que se arreglaran, quiero que ustedes dos solucionen eso para que por fin puedan ser novios sin que alguien se ponga entre ustedes porque ya…
—Shannon—interrumpí.
—Ya estuve reflexionando todo esto…
— ¡Shannon!—espeté hasta que por fin se quedó callada—. Funcionó tu plan pero no, mi respuesta fue no.
— ¿Por qué hiciste eso?
—Porque me traicionó una vez con Chelsea y otra con esa estúpida chica, no confío en él y por lo tanto no puedo estar en una relación con él.
— ¿Por qué dices que no?, si esa fuera mi situación con Marc claro que lo aceptaría porque lo amo—al terminar de decir la frase alguien tocó la puerta y tuve que levantarme de mi comodidad para ir a ver.
Probablemente de haber reaccionado más rápido hubiera huido escaleras arriba con Shannon para no morir de vergüenza frente a mi mejor amigo.
—Ho…hola—titubeé debatiéndome en si dejarlo pasar o entretenerlo hasta que todo acabara y hablar de lo que posiblemente pudo haber escuchado.
— ¿Me vas a invitar a pasar? —intervino Marc mientras trataba de introducir la cabeza por la rendija que estaba entre mi puerta y mi brazo.
—Adelante—abrí la puerta y él entró de inmediato—.Bueno yo…creo que debo ir por una gaseosa, enseguida vuelvo y si quieren algo cójanlo del refrigerador.
Huí sin dinero, debía dejarlos solos para que hablaran y no sentirme culpable por si veía a mi amiga llorando, después quizá podría verla a la cara para decirle “el chico que te gusta estaba enamorado de mí” descendí de la acera para cruzar la calle cuando me di en la cara con algo.
—Perdone—dije de inmediato creyendo que se había tratado de una persona pero al alzar la vista me llevo la imagen de un poste que salía justo enfrente de mí.
— ¿Por qué le pides disculpas a ese semáforo? —preguntó una voz familiar, la voz de Matthew Conors.
—Creí que era una persona—me encogí de hombros y me dispuse a cruzar la calle.
Seguí caminando mientras pensaba a dónde más podía ir para matar el tiempo y regresar lo más tarde posible. Obviamente antes que mamá pero después de darle a mis amigos todo el tiempo posible para arreglar sus problemas.
Llegué hasta la parada de autobuses y me detuve a sentarme en la banca, tenía ganas de quedarme ahí a descansar hasta que quedara con los ojos totalmente cerrados para poder sumergirme en mis sueños, donde todo era perfecto y la vida complicada que ahora llevaba no representara ningún problema en absoluto.
—A veces también nosotros necesitamos relajarnos, aunque los demás piensen que el patinar es relajante—dijo nuevamente Matthew mientras se sentaba a un lado mío.
—Creí que había dejado muy claro el hecho de que no quería nada contigo—declaré mientras me recostaba en el respaldo de la banca y cerraba los ojos.
—Fuiste demasiado clara, créeme. Pero no vengo por eso, quiero que me digas si quieres volver a hacer la rutina conmigo—me atraganté con mi propia saliva y tuve que toser para recuperar la respiración.
—Lo siento Matt pero ya tengo pareja—pude ver cómo sus ojos se tornaban de relajados a completamente molestos.
— ¿Se puede saber quién será la víctima ahora? —aun irritado conservaba ese humor tan pesado.
—Marc, él me propuso ser su pareja y por supuesto que acepté—dije mientras me enderezaba y volteaba a verlo—. Además—agregué—tu también ya tienes una pareja, no comprendo por qué quieres patinar con alguien más.
—Porque no la quiero a ella, te quiero a ti…
—Supongo que esto no es sobre el patinaje ¿cierto? —después de todo la salida no sólo permitiría que mis amigos arreglaran sus problemas, yo también arreglaría los míos.
—No precisamente Verónica—intentó tomar una de mis manos pero fui más rápida que él—Oh, vamos Verónica Praxon, no creo que ahora me hayas olvidado, nadie puede olvidar a alguien como yo.
—No tientes a la suerte Matthew Conors, hace tanto tiempo que pude llevar una vida sin ti, no veo el por qué ahora podría representarme una dificultad, tampoco creo que sea algo como “Oh por fin ha amanecido, ¿Quién diablos era ese tal Conors?” se que será complicado pero no es imposible—dije mientras me encogía de hombros.
—Porque para mí no lo es—confesó y pasó su mano por el cabello—, se supone que vendría a decirte algo romántico pero no puedo—suspiró y se dejó llevar por el momento—. Por dios Verónica eres la chica más testaruda, desesperante, arrogante, condenadamente valiente y estúpida que he conocido y jamás creí que me pudiese llegar a enamorar de alguien así—volvió a suspirar y comenzó a caminar de un lado a otro mientras buscaba las palabras correctas para continuar con su discurso—, pero fue inevitable Verónica, he tratado de besar a cuanta mujer se me ponga enfrente—abrí la boca para reclamar pero él levantó la mano como señal de que esperara— pero es imposible olvidar la forma en la que tú lo hiciste, sé que soy más grande que tú y se supone que debería ser más maduro pero aun así lo diré.
Pausó por un par de minutos mientras yo me quedaba callada, no estaba así para poder escucharlo, simplemente no hallaba las palabras para expresar el conflicto interno que ahora me embargaba, tenía ganas de golpearlo por no decirme todas esas cosas tan maravillosas cuando recién comenzaba nuestra relación; pero también quería arrojarme directo a sus brazos para llorar profundamente por esas palabras, que si bien no eran tiernas, para mi tenían un gran significado.
— ¿No vas a decir algo? —preguntó Matthew cada vez más desesperado.
—Matt yo…
— ¡Joder Verónica! Cualquier mujer me habría besado con esas palabras pero tú sólo me demuestras que tienes un corazón de hielo, tan frío y duro como la pista en la que patinamos—culminó mientras se apartaba de la parada y continuaba su camino.
Decidí regresar a casa y no seguirlo. Probablemente él tenía razón, quizá yo no era capaz de demostrar mis sentimientos ahora, no después de lo que pasó con mi primer y último amor. Con alguien que marcó una parte muy importante de mi vida y con la que quizá me vi obligada a madurar antes de tiempo. Suspiré y giré la perilla de la puerta para pasar, en cuanto pude ver el interior mis amigos estaban proporcionándose una serie de agresiones verbales.
— ¡Basta los dos! —espeté de inmediato.
—Fue él Verónica, él nos estaba espiando—musitó Shannon mientras señalaba acusatoriamente al chico que estaba con el ceño fruncido frente a ella.
—Fue inevitable Vero, ustedes estaban casi gritando todo ¿qué querías que hiciera, que me tapara los oídos?, obviamente eso nunca iba a suceder—culminó y se puso de pié de un salo para poder acercarse a mí.
—No estoy de humor pero por favor dejen de discutir, es obvio que a Shannon le gustas Marc y Shannon, es obvio que a él le gustas tú, ¿es tan complicado que los dos estén juntos si se aman? —ambos se miraron con complicidad y me sonrieron.
— No lo sé, dímelo tú—dijeron al unísono mientras yo me llevaba las manos al rostro. No tenía ganas de hablar del tema y mucho menos de contarles lo que acababa de suceder.
—No, no es fácil, ¿entonces por qué no terminan de matarse a basa de palabras y dejan de molestar?
—No estamos molestando—intervino Marc—, tratamos de ayudarte pero vemos que no nos necesitas; te dejamos sola para que reflexiones Vero, pero no quiero volver a verte así por alguien tan idiota como Matthew y si es necesario yo mismo iré a arreglar unos asuntos pendientes con él—advirtió Marc mientras tomaba la mano de mi amiga, siendo esa la señal de que ya eran algo más que amigos y también aquella que me decía “aléjate de ellos, están juntos” había perdido a mis dos amigos desde hoy.
—Gracias y en verdad espero que les vaya bien con su relación y no dejen que cualquier persona lo estropee todo—suspiré y me levanté para cerrar la puerta una vez que ellos se fueron.
Me quedé tumbada en el sillón con la televisión encendida mientras esperaba a mi madre, pero al parecer dentro de esa larga espera me quedé dormida ahí durante mi larga espera. Seguí con los ojos cerrados hasta que escuché cómo la puerta se azotaba y tuve que levantarme de un solo sato para después recargarme en el apoyabrazos para no caer.
— ¿Quién anda ahí? —pregunté, aunque no estaba muy segura de que eso fue lo que dije.
—Vero, ve a tu cuarto y acuéstate, mañana te espera un día difícil—murmuró mi madre con una voz que demostraba toda su seriedad.
Seguí su consejo y subí a mi habitación para acomodarme. Ya había podido por fin olvidarme de todo lo que me había pasado el día de hoy, desde mi reinscripción a las Estatales hasta mi reciente conflicto con Matt. Suspiré y me retorcí en la cama, no tenía nada de sueño pero no quería quedarme despierta porque seguramente me volvería a dormir durante las clases y me volverían a amenazar, de todas formas ya tenía suficientes problemas como para agregarle el de la escuela y aun más con las prácticas que debería hacer con Marc para idear una rutina en la que lo obligara a cargarme por lo menos una vez sin tener que forzarlo demasiado para no provocarle una nueva lesión.
No tardé demasiado en volver a dormir, aunque sea por un par de horas para volver a levantarme y hacer todo lo rutinario del día para poder llegar a la escuela.
Una vez en las clases comenzó lo más pesado, la revisión de tareas, firmas, participaciones, revisión de proyectos, de exámenes…en pocas palabras de hacer en el último día lo que se suponía debieron hacer durante todo un año de clases sin descaso.
Por fin pude hablar con mi profesora de matemáticas para llegar a un acuerdo en el que o sacaba una nota perfecta en el examen que volvería a aplicar o simplemente me iría reprobada. Pero confiaba en mis propias capacidades y por primera vez iba a tener que hacer algo que siempre creí imposible; adiós a los siguientes dos días de entrenamiento. Dejaría por unos días el patinaje para poder concentrarme en la evaluación y poder salir de ese estresante apuro que lamentablemente hacía que mi futura carrera pendiera de un hilo.
Posiblemente hoy podría salir con Marc después de clases para ir por los regalos, de todas formas la semana que venía debíamos hacer las donaciones para aquellos desafortunados que no podía disfrutar de una navidad como es bien merecida, en pocas palabras, la haríamos de Santa Claus para todos esos niños.
Terminaron todas las estresantes clases y salí corriendo para encontrarme a Shannon y a Marc abrazados esperándome. Lo había olvidado, supongo que esta vez la salida sería entre los tres. Suspiré y subí al pequeño auto de Shannon, agradecí el hecho de ser delgada pues de otra forma alguien de nosotros hubiese viajado en la cajuela
Bajamos en una enorme bodega rellena de personas y de juguetes donde comenzaron los empujones para conseguir los juguetes. Todos nos revolvimos entre la multitud, a tal punto que yo perdí mi cartera dentro del almacén y no la pude recuperar. Quizá podría pedirle prestado a Shan y le pagaría cuando regresara a casa.
Tomé un oso de felpa y una pequeña muñeca de trapo, de todas formas sólo eran unos juguetes lindos, adecuados para el momento y sobre todo baratos.
Me abrí espacio para acceder a la caja donde me esperaban mis amigos, haciendo señas comencé a buscar a Shannon para que me ayudara a pagar pero alguien de atrás me arrebató el osito y tuve que regresar para pelear por el juguete.
—Hey tú—comencé a llamar a aquel hombre que había hurtado mi regalo—, ese obsequio es para unos niños…—detuve ms palabras al ver el rostro de aquel hombre—. ¡Arg! —grité con impotencia mientras todos me observaban como si fuera un bicho raro.
Matthew Conors se fue acercando poco a poco hasta que me devolvió el oso de felpa y me tendió un par de billetes para que pagara ¿acaso él había visto que no tenía dinero?
—Paga el oso la muñeca y de paso compra otras dos cosas porque también las necesito—me dio más dinero y tuve que regresar en busca de otros dos juguetes.
Terminé de hacer fila y pagué los artículos, justo cuando íbamos riendo de regreso al auto de Shannon Matt salió de su auto y se dirigió hacia nosotros. ¿Y ahora dónde demonios me iba a esconder? Me había tomado por sorpresa y el hecho de que mis amigos complotearan en mi contra no me ayudaba en nada.
—Bueno…creo que nosotros…—inició Marc.
—Nos vamos—complementó Shannon mientras ambos huían al automóvil y me abandonaban a mi suerte.
—Vaya amigos—murmuró Matt mientras me arrebataba la bolsa con los juguetes—. Te abandonan sola cuando más necesitas de su ayuda.
—Piérdete—espeté mientras luchaba por recuperar la bolsa.
—Vamos a tu casa Praxon, ten tu cartera y te debo un par de dólares, enseguida te pago—lanzó mi billetera al aire y la atrapé lanzándole una seria mirada me incorporé y me acerqué a él decidida a ponerle fin a todo esto.
—No Matthew, no quiero volver a verte es que esto se hace más…complicado. Sí complicado. Tú y yo no terminamos bien y estoy segura que en cuanto vuelva a ceder todo colapsará, simplemente no fuimos hechos el uno para el otro pero la culpable no soy yo. Por primera vez en mi vida no absorberé la culpa de esto, fuiste tú. Tú me engañaste y me destrozaste pero ¿sabes? Me enseñaste algo por muy imposible que parezca—esperé a que él dijera algo para que evitar decir lo que estaba a punto de salir de mi boca. Pero él no intervino, sólo se quedó plantado frente a mí mientras esperaba que terminara de hablar.
—Bueno me enseñaste a querer a alguien a tal grado que trataba de no verte para evitar darme el disgusto de que ya estabas con otra, e incluso casi pierdo una amistad importante por ti, porque te valoraba, me enseñaste a amar de verdad y a comportarme como yo realmente quería ser—a estas alturas las lágrimas ya se desbordaban y no podía parar de hablar, de gemir y sobre todo de llorar—. Pero te olvidaré como siempre olvido todo, incluso a mi padre lo he podido olvidar…—no pude terminar de hablar porque cuando reaccioné el ya tenía sus labios puestos sobre los míos.
No hice el mínimo intento de separarme, quería sentir por última vez el contacto de la suave piel de sus labios sobre los míos. Sentir aquellos fuertes brazos que me detenían como si no quisieran que me fuera. Escuchar aquellas hermosas palabras que se desvanecían en un susurro junto a mi oído.
Finalizamos el beso y las lágrimas seguían brotando.
—No llores, no me gusta verte llorar— murmuró mientras me limpiaba las lágrimas con sus pulgares.
—Pues esta forma va a ser la última en la que vas a ver Matthew, de verdad no quiero verte—di la media vuelta y salí corriendo como siempre lo hacía. Huir de mis problemas era la perfecta solución.
—Felicidades Verónica lo has logrado nuevamente—me dije con amargura mientras el viento se estrellaba contra mi rostro.

Capítulo 10 Jinohra- Sangre Real

JINOHRA

Esto es genial. No habrá boda, nos casaremos por una guerra, me dará su reino, nada puede empeorar.
Caminé de un lado a otro esperando a que Cassy saliera de donde sea que estaba. Pensaba una y otra vez en la infinidad de veces que me decía que todo sería perfecto al lado de Aivan, y justo cuando todo parece estar bien, ¡No!, tengo que aceptar a Huge y después…le disparan en el hombro ah, y por si fuera poco ahora esto, ya hasta se me estaba olvidando lo del disparo con todo este drama.
—Cálmate Jiny, todo estará bien—murmuró Cassy mientras se acercaba y se colocaba unos broqueles para arreglarse—de todas formas en cuanto se solucione todo apuesto a que podrán estar tranquilos.
No sé cómo Cassidy podía estar tan tranquila aun sabiendo que se avecinaba una guerra en la que ella se vería involucrada y peor aún, ella estaba apoyando a los enemigos de Huge, el único chico al que ella había amado.
—Cassidy no debes…
—Ya lo hice ¿no?, ¿acaso me ves arrepentida? —Interrogó un poco molesta conmigo—no lo estoy Jiny, si él lo quiso así, así será—sonrió con suficiencia y me tomó del brazo.
Salimos de su casa con destino a Newry, tardaríamos un par de horas, por lo que tendría tiempo de charlar cómodamente con ella.
—Cassy ¿recuerdas aquel descapotable con el que casi chocamos? —Ella asintió—pues era Aivan—reí—insultaste a Aivan—Cassy abrió los ojos y se quedó perpleja.
— ¿Aivan?, pero él también me insultó si no mal recuerdo, así que estamos a mano—se encogió de hombros y siguió conduciendo—un momento—musitó mientras cogía su celular del portavasos— ¿Bueno?…sí enseguida…no…no…ajá…ya vamos, esperen un momento—contestó preocupada, bajó el celular de regreso al portavasos y pisó el acelerador hasta el fondo haciendo que me pegara al asiento sin poder separarme de él.
Corrimos por las calles de Campterlyn y después de cruzar el puente fueron las de Lisburn, el camino se hacía más corto y la velocidad iba en aumento haciendo que la adrenalina se apoderara de mi cuerpo.
—Apuesto a que tus caballos nunca correrían así—tuvo que gritar Cassy para que escuchara bien, pues el golpeteo del aire aturdía los sonios haciendo que fuese casi imposible escuchar algo.
—No, jamás lo harían—contesté sonriendo como tonta.
Todo esto me parecía descabellado y demasiado atrevido para mí, esto jamás sucedía en Newry y no me imaginaba nada que se le pudiera parecer. Quizá lo más parecido podría ser el columpio del acantilado. Un columpio que se sostiene de una rama y que cuelga en un barranco, muchas personas se lanzan de ahí y yo en algún momento de locura lo hice con Cassy y Huge, una de las mejores experiencias, pero en definitiva esto no tenía comparación.
Llegamos al castillo de mi familia y nos introdujimos de inmediato sin avisarle a nadie de nuestra presencia, se escuchaban voces que se hacían más recias conforme nos acercábamos, y, al abrir la puerta, vimos a todos gritando y diciendo cosas que no se entendían.
— ¡Basta! —Espetó Cassy—por favor, vinimos a aliarnos para la guerra, no para crear una nueva—musitó tranquilizando a los demás.
—Bien Cassidy, por favor dinos por qué nos pediste venir aquí—dijo la reina de Campterlyn.
Jamás había visto a la reina pues Newry no tenía tratados con ellos y al no haber príncipes ni princesas yo no tenía nada que hacer en Campterlyn y por lo tanto no había tenido la oportunidad de ver a los reyes.
La reina tenía la piel moren, como si se hubiera bronceado, una cabellera negra, cubierta de un profundo negro como si estuviera teñido, pero a pesar de su tono de piel, sus facciones eran delicadas y muy finas, la dotaban de porte y hermosura, incluso parecía ser una verdadera reina con la postura que tenía totalmente recta y la barbilla ligeramente levantada haciéndome sentir inferior. Su esbelta figura se movía de un lado a otro esperando una respuesta, pero Cassidy se mantenía viéndola fijamente.
—Majestad—reverencié ayudando a Cassy—le pido mis disculpas por la demora, pero hemos venido lo más rápido que pudimos y por fin estamos aquí para hablar sobre la guerra, como ya se habrá enterado, Huge, príncipe de Galway me tuvo presa durante poco tiempo y después a Aivan, príncipe de Lisburn. Yo tuve que introducirme al castillo y junto con la duquesa Cassidy le disparé en la mano al príncipe de Galway por lo que nos dio dos vías de escape para pagar la deuda y el daño causado—paré para tomar aire y no perder la concentración, pues la voz comenzaba a fallarme y ya no me dejaba continuar.
—Lo que el pidió fue que le cedieran el territorio de Newry o que se casara con Jinohra, que a fin de cuentas, le daría poder también sobre Newry—complementó Aivan poniéndose entre Cassidy y yo—yo, como futuro rey de Lisburn le pedí matrimonio a la princesa de Newry y mañana contraeremos nupcias para que ella pueda acceder al trono de Newry y así poder aliarse con mi reino para combatir a las fuerzas de Galway, por eso necesitamos de ustedes, tienen el ejército más numeroso y eso es bien sabido por todos, quizá así ganemos, bueno eso es seguro—sonrió mientras explicaba toda la estrategia como si lo hubiese hecho varias veces antes— ¿Así que qué dicen sobre esto?
La reina y el rey se quedaron pensando por unos momentos y un fuerte estruendo abrió las puertas de la sala.
—Majestades, están atacando—gritó alarmado un guardia y todos nos giramos a esperar ordenes de Aivan, el era el único que había estado en alguna guerra, exactamente en la guerra en la que murió su padre.
—Por favor, a los refugios—ordenó Aivan y corrí guiándolos a los refugios dentro del castillo, eran los únicos lugares con tecnología “legal” en Newry, estaríamos bien ahí.
—Por favor entren todos de forma ordenada y distribúyanse en todos, no los quiero juntos porque si atacan no quiero que mueran todos de inmediato—dije con toda la valentía posible.
—Vamos—tiró de mi brazo Aivan y nos metimos a uno de los refugios—ahora sí, puedes decirme todo lo que quieras, puedes llorar si quieres o…—antes de que terminara me dejé caer de rodillas al suelo mientras cogía mi cara entre las manos, no quería llorar pero era lo que sentía, me dolí estar en esta situación, cuando exactamente en un mes me casaría y ni siquiera me había casado, faltaban unas horas para el amanecer y que me pudiera casar, si no jamás llegaría al trono.
Me quedé ahí mientras Aivan me observaba sin decirme nada y sin tratar de consolarme, sólo se escuchaban los disparos y estallidos de fuera y mis gemidos y sollozos de adentro.
—Calma Jiny, todo estará bien—dijo tomándome por los hombros mientras estábamos hincados en el suelo— no te he dicho algo no porque ya no me importes, quiero que superes el pasado—eso me tomó por sorpresa.
—Ya lo superé Aivan, créeme que lo he hecho, esta guerra me ha ayudado a ver mejor las cosas, sé que Huge no es mi amigo y que jamás lo será—dije cabizbaja, me dolía aceptar esa terrible realidad.
—Gracias Jinohra—me abrazó por completo—sé que debí decirte esto antes, pero tuve que esperar y a decir verdad, no sé por qué pero te lo diré de todas formas—por fin me incorporé a su lado y apoyé mi mejilla en su pecho—bien pues desde hace tiempo te estuve viendo—sonreí por la confesión.
— ¿Incluso antes del compromiso? —sí, sabía quién eras o bueno…sólo cómo eras como princesa y me llamó la atención, yo jamás le dije a mi madre que me comprometiera contigo, pero le estoy agradecido, no sé qué estaría haciendo ahora.
—Bueno, una guerra no parece el escenario más romántico—bromeé—pero no importa, esperaré hasta entonces—pero sígueme confesando más cosas—sonreí hacia él y me devolvió la sonrisa.
—Una confesión ¿te parece?, es tu turno, confiésate.
—Bueno…yo…no sé que confesarte—me quedé callada esperando a que me interrumpiera para no decir nada, pero eso no sucedió—pues verás, cuando te ibas a caer de la escalera por los adornos ¿lo recuerdas? —Él asintió con la cabeza—pues desde ese momento creo que me enamoré de ti y sólo trataba de negarlo—me encogí de hombros y él me apretó contra su cuerpo.
—Ya no puedo—musitó antes de girarme para ponerme justo frente a él y besarme con pasión, ansiaba sus besos, sus cálidos labios que encajaban perfectamente con los míos y que danzaban a su propio ritmo. Ese sabor mentolado que se desprendía de él en cuanto lo besaba era único, esa fragancia tan masculina y al mismo tiempo delicada que portaba me hacía sentir las dichosas mariposas en el estómago—te amo Jinohra y por lo de la boda, juro que te lo compensaré—dijo mientras se separaba de mí.
Nos quedamos en el refugio hasta que escuchamos que el alboroto terminó y alguien llamaba a la puerta.
—Pueden salir, sólo fue un pequeño ataque, los reyes aceptaron aliarse con ustedes y Huge huyó como un maldito cobarde al saber que era superado en número—gritó Cassidy sin tomar aire.
— ¡La boda se cancela! —grité y todos giraron a verme asustados—bueno, se pospone—corregí y todos reímos.

Capítulo 10 "La junta"- Amor por accidente

LA JUNTA

Seguía ahí tumbada y con el brazo punzando de dolor, mi estómago rugía por comida y no podía levantarme de ahí.
Escuché unos pasos acercarse e inmediatamente fingí estar dormida, aunque mi respiración aún seguía acelerada, ninguno se percató de que estaba realmente despierta.
— ¿Estará bien mi hija? —preguntó alguien.
¿Su hija?, de qué estaba hablando.
—No lo sabemos, ciertamente sufrió una gran contusión con el choque, pero en cuanto despierte le haremos los análisis correspondientes y les diremos cómo se encuentra, está en buenas manos.
—Mi hija…mi hija—sollozaba una mujer.
Poco a poco fui abriendo los ojos y me encogí en la cama, un hombre con bata me vio y de inmediato sacó a todos los que estaba ahí.
—Serene, ¿estás bien? —preguntó aquel desconocido.
—Si…o no lo sé… ¿dónde estoy? —susurré sin fuerzas.
—En el hospital, chocaste y te trajeron aquí.
—No, yo no choqué, yo no manejo—balbuceé torpemente.
—Pues así te encontraron atrapada dentro del auto, ¿quieres ver a tus padres?
— ¿Padres? —pregunté.
—Sí, el señor y la señora Boucher—contestó con una severa mirada mientras me veía una y otra vez.
—No, no conozco a esas personas, ¿quiénes son?
—Espera un momento—abrió una puerta y se retiró.
No sé de qué me estaba hablando, hace tiempo que yo no veía a mis padres, no después de su accidente.
Mi mente empezó a evocarme imágenes sobre algunas situaciones, pero en todas yo era una niña, una chiquilla pequeña que jugaba con otros niños y me di cuenta de que no sabía qué me estaba pasando en ese momento.
—Amnesia retrógrada—dijo el hombre entrando nuevamente a mi habitación.
— ¿Qué? —grité perdiendo la cordura.
—Ese es tu padecimiento, la contusión lastimó ciertas partes de tu cabeza y pudo haberte dañado en la memoria—comentó apacible.
—No entiendo.
—Puedes recordar todo lo que te suceda de hoy en adelante, pero no recuerdas qué hacías antes de aquel accidente.
—Ajá—asentí con la cabeza.
—Por eso debemos darte rehabilitación, en un momento estarán tus padres aquí.
Apenas y podía creer lo que me decía aquella persona, que supongo era un médico. Pasó muy poco tiempo cuando dos personas entraron donde yo  me encontraba.
—Hija—lloriqueó una mujer tirándose junto a mi cama.
— ¿Quién eres? —pregunté confundida.
— ¿Hija? —preguntó el señor que estaba a su lado.
— ¿Quiénes son? —interrogué entrecerrando los ojos y forzando a mi mente para recordar todo.
Comencé a llorar de impotencia pataleando una y otra vez.
—No puedo…no puedo… no puedo—gritaba para mis adentros.
—Calma Serene—dijo la mujer.
— ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te recuerdo? —dije llorando mientras trataba de no salir de mis casillas.
—Somos tus padres Lewis y Nadine Boucher—dijo el señor.
—Perdonen, pero no tengo idea de qué me hablan.
La señora no soportó más y salió corriendo de la habitación mientras se cubría la cara con las manos.
—Serene, recuérdanos por favor—rogó el señor.
—Créeme que lo intento, pero no puedo, me siento tan…tan…impotente—gemí tratando de ahogar un grito de dolor.
—No te preocupes hija te juro que te recuperarás, no importa si tengo que vender la empresa, juro que lograrás recuperarte de esto—dijo con tanta esperanza que deseé poder comprender todo.
No me importaba el no recordar a ese señor, pero si ese era mi padre, creo que llegaría a quererlo como tal, se veía alguien tan tierno, me demostró que daría todo por mí, por alguien que ni siquiera lo recuerda, que lo trata como alguien ajeno a su vida.
— ¿Papá? —Pregunté en un nuevo intento de asimilar todo— ¿tienes una empresa?
—Sí.
— ¿Qué haces en tu empresa?
—“Nuestra” empresa—recalcó esas palabras—se llama “Meilleur Mode” y ahí trabajamos los dos como presidente y vicepresidenta, aunque tú te encargabas de contratos, inversiones y esas cosas.
— ¡Papá! —grité emocionada.
Ahora lo podía recordar, recuerdo la junta de inversionistas que debíamos tener, mi castigo (por desgracia), una pelea que no recuerdo por que la tuve en una casa, supongo que en mi casa.
—Eres tú—lloré mientras él me abrazaba fuertemente.
—Pequeña, lo sabes, me recuerdas—dijo con la voz partida.
—Sí, te recuerdo.
—Gracias Serene, iré por mamá para ver qué puede decirte.
—No te preocupes, yo puedo buscarla.
Me levanté torpemente y salí al pasillo para encontrarla llorando en una banca.
— ¿Mamá? —titubeé.
—Serene—se levantó de un salto y corrió hacia mí. Todos nos abrazamos, tal y como una familia normal, como supongo que antes lo hacía.
— ¡Me ha recordado! —gritó mi padre con demasiado entusiasmo que tuvieron que salir a callarlo.
—Dios, esto es tan…—no pudo seguir hablando y calló en llanto nuevamente.
—No…no llores—susurré—estoy segura de que pronto te recordaré.

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Ya había pasado cerca de una semana desde mi accidente y recordaba a mi madre, a papá, a mi casa y mi escuela.
—Estás lista para regresar a clases—musitó mi mamá a la hora del desayuno.
— ¿Estás segura? —dudó mi padre.
—Ayer el médico dijo que hoy podría intentar aunque sea por un momento ir al colegio para ir ambientándose.
—Muy bien—aceptó papá—yo la llevaré hoy.
Terminé mi desayuno entusiasmada, pues para mí éste sería como mi primer día de la universidad.
—Hemos llegado—interrumpió mi padre.
—Gracias—bajé torpemente del auto y comencé a avanzar hacia la entrada.
Corrí hacia el interior y di una vuelta con alegría, al fin en la universidad, al fin fuera de casa.
Tocaron el timbre y me dirigí hacia donde iba una multitud de chicas, golpeé accidentalmente a una de ellas en el hombro y ésta se giró para encararme.
— ¿Qué te pasa? —Preguntó molesta— ¿no te bastó con lo de la vez pasada?
— ¿De qué hablas? —Interrogué algo avergonzada— ¿Quién eres?
Soltó una carcajada ante mi pregunta y se cogió el estómago.
—No te hagas la idiota, soy Chris—se dio la vuelta y me dejó ahí, salí corriendo tras de ella para averiguar qué había pasado entre nosotras.
—Perdona—grité llamando su atención— ¿te hice algo?
—Déjame pensar—apoyó uno de sus dedos en el mentón—peleamos, me llamaste zorra, estuviste a punto de golpearme… ¿Quieres que continúe?
—No…no…perdona—musité confundida.
No podía ser así, mis padres me dijeron que yo no era conflictiva y ella me dice todo eso, no se a quien creerle, no sé quién soy realmente.
Comencé a llorar justo donde me quedé mientras una chica con la mirada fija en mí se acercó con una sonrisa.
—Ser—saludó dándome dos besos en las mejillas.
—Hola.
— ¿Cómo te fue en la reunión?—preguntó.
—No fui—musité aún confundida.
— ¿Tienes algo?
— Perdona pero ¿quién eres? —pregunté por fin.
—Pauline…tu mejor amiga—contestó tan confundida como yo— ¿no me recuerdas?, la adicta por los zapatos, la que te hace burla todo el tiempo.
Una imagen repentina de ella en motocicleta cruzó rápidamente.
—Un poco, tú tienes una moto, es todo lo que recuerdo de ti, perdóname.
—Bueno, es algo, entonces es cierto que tienes amnesia—suspiró con tristeza.
—Sí, pero poco a poco he ido recordando cosas, así que supongo que pronto llegaré a acordarme de ti—la observé, pero ella tenía la mirada perdida en otro lado, giré para localizar aquello que observaba y llegó un chico a reunirse con nosotras.
—Uff, ya llegó, yo me largo—comentó irritada.
— ¿Quién es?
—Deja que él te lo explique todo, a ver si así recapacitas—comentó antes de irse.
El muchacho me observaba con una sonrisa, como si con el simple hecho de verme le alegrara la existencia.
— ¿Quién eres? —me atreví a preguntar.
—Ferdinand Cordier.
—Bien, me debo ir a clases.
—Qué casualidad, yo también.
— ¿Estudias conmigo?
—Más que estudiar.
Decidí no decir nada más, no sé qué esperarme de él y peor aun si no lo conozco, cómo quisiera recordar todo.
—Llegamos—interrumpió el chico.
Abrió la puerta para que yo pasara y agradecí su gesto, supongo que no es tan mala persona, si hace eso no lo parece y sinceramente espero que no lo sea.
—Siéntate cerca de la ventana, ese lugar es tu favorito—susurró mientras nos dirigíamos a la esquina del salón.
Tomó un asiento al frente de mí y giró para conversar.
—Veo que los rumores son ciertos.
— ¿Tu y yo somos algo? —pregunté avergonzada, pero decidida a terminar con esto.
Sus ojos se iluminaron con mi pregunta y sus labios esbozaron una linda sonrisa.
— ¿No lo recuerdas? —preguntó un tanto divertido y no pude evitar sonreír de vuelta.
—No, por eso te pregunto—solté una risita y él se inclino acercándose a mí.
— ¿Segura de que no? —volvió a preguntar.
—No—me limité a responder.
Se acercó demasiado a mí hasta que posó sus labios sobre los míos en un beso tímido hasta que me liberé de esa hermosa sensación.
— ¿Ya lo recuerdas?
—Eres… ¿mi novio? —titubeé, no pensé que tuviera novio, mis padres jamás me dijeron nada de esto.
—Sí, soy tu novio y estoy celoso de un tal Chris, un tipo pelirrojo que coquetea contigo—dijo con mala cara.
—Entonces creo que dejaré de hablarle, si es lo que quieres—contesté mordiéndome el labio.
—Eso me gusta, te veré hoy en mi departamento ¿sí?, debo agradecerte algo que hiciste por mí.
—Pero no sé dónde vives.
—No te preocupes, yo pasaré por ti, yo si sé dónde vives.
—Muy bien ahí te espero cariño—contesté instintivamente.
—Muy bien—sonrió ampliamente.
Las clases pasaron una tras otra mientras yo trataba de recordar algo sobre las clases anteriores, pero todo era inútil, ninguno de esos profesores despertaba algo en mí.
Entró el último maestro, un señor de cabello cano, con lentes, demasiado alto y con un cuerpo casi esquelético.
Puso su portafolio sobre la mesa y se dispuso a iniciar la clase.
—Bien jóvenes, saquen el libro y respondan el bloque número siete, lo revisaré dentro de dos clases, dense prisa y no hablen—ordenó.
— ¿Quién es? —le susurré en el oído a Ferdinand.
—El profesor de psicología empresarial—musitó de vuelta.
—Gracias—le sonreí a mi novio.
—No es nada, oye por cierto sí pasamos el examen de regularización.
Mi mente comenzó a trabajar en cuanto escuché la palabra “examen”. Y pude recordarlo.
Yo reprobé y presenté el de regularización, justo un día después de mi accidente me darían los resultados, el mismo día que la junta de los inversionistas.
—Lo recuerdo—susurré para mí.
— ¿Qué? —preguntó Ferdinand.
—Ahora lo recuerdo, reprobé el examen—dije entusiasmada.
—Si—sonrió.
—Y tú…tú eres un inversionista de mi empresa, de la empresa de mi padre.
—Sí—volvió a contestar.
—Y…espera, espera, espera, creo que estoy recordando algo más—me detuve un momento y me froté la sien como si así pudiera lograr recordar algo—sí, tu… ¡Ferdinand! —espeté en el salón y todos giraron a verme.
—Señorita Boucher, si tiene algo que decirle al joven Cordier los dos se pueden retirar—musitó el maestro con amabilidad.
—Gracias—me levanté y tiré el brazo a Ferdinand para que me siguiera afuera.
Salimos a paso rápido y bajamos las escaleras para llegar hasta atrás del edificio de la facultad y ocultarnos tras los arbustos.
—Tú no eres mi novio—reclamé lo más tranquila posible—eres Ferdinand, el maldito chico engreído.
—Hace un momento tú me llamabas cariño—rió.
—Trataste de aprovecharte de mí Ferdinand—reclamé con la voz esta vez más recia.
—Era sólo una broma ¿sí?, deberías ser menos amargada—mi estómago se retorció con sus palabras.
¿Yo una amargada?, ¿acaso una amargada se teñiría el pelo de anaranjado?, ¿o perdonaría a un idiota un centenar de veces todo por tratar de llevar las cosas bien con él? ¡No!, yo no soy ninguna amargada.
—Fíjate primero cómo actúas para poder juzgarme—respondí y giré sobre mis talones para retirarme a llorar tranquila en el baño. Pero una mano me detuvo en seco.
—No Serene, fíjate tú en lo que hacemos los de más a tu alrededor y después, cuando te hayas dado cuenta de todo aceptaré cualquier insulto que me digas—sonrió con satisfacción y se retiró.
Saqué mi celular y marqué el número de la empresa para charlar con mi papá.
— ¿Bueno? —contestó una de sus asistentes del otro lado de la línea.
—Buenas…tardes…me gustaría hablar con mi padre, soy Serene.
—En un momento la comunicamos.
Sonó aquella musiquita de espera que me indicaba que había alguna junta importante o que se encontraba ocupado mi padre, cuando un “clic” del otro lado sonó.
—Bueno, Serene—contestó mi padre.
—Me voy a casa papá, pero la limusina la llevó mamá y yo no puedo manejar, no estoy preparada—dije con la respiración entrecortada.
—Bien hija, enseguida no puedo, tengo una juta importante aquí que debo atender, dile al joven Cordier que venga de inmediato a la junta y de paso te vienes con él—sugirió.
—No, papá, quiero ir a casa, no me siento bien como para iniciar también a trabajar—excusé.
—Pero te necesito aquí, ¿cómo vas con lo de tu amnesia? —cambió rotundamente de tema.
—Olvidado—reí—quiero decir que recuerdo ya todo, esto me ha servido demasiado, pero no me creo capaz de manejar de nuevo.
—Muy bien hija, pero yo no puedo ir y tu mamá tampoco, dile al joven Cordier por favor, también te necesito aquí—rogó.
—Está bien, iré para allá—mascullé mientras rodaba los ojos.
—Te espero, cuídate—colgó por fin y guardé el celular en mi bolso.
Caminé alrededor de la universidad tratando de alejar mis pensamientos un rato de los estudios, a cada paso reflexionaba sobre las posibilidades de llegar a la empresa sin tener que pedirle nada.
Pero hoy era mi día de suerte, Christopher estaba en la cafetería sólo, tal vez él podría llevarme.
Me acerqué corriendo a la cafetería para ir a pedirle el favor aunque aún dudaba sobre si debería después de lo que me hizo.
—Chris—dije jadeando después de mi carrera.
— ¿Serene?, no…no esperaba verte aquí.
—Bueno, pues heme aquí—sonreí.
—Me da gusto volver a verte. Pero antes te debo una disculpa—se levantó de su asiento—fui un idiota al comportarme así contigo, simplemente no debí ni siquiera pensarlo.
—Ya Christopher, no era necesario eso, aunque aún puedes hacer algo para encomendar tu error—sonreí pícaramente.
—Lo que sea con tal de que me perdones—sonrió.
—Necesito ir a la empresa de mi padre, pero no tengo mi auto, ni mi limusina y mis padres no pueden recogerme y necesito un transporte urgentemente; y pensé que tal vez tú podrías…
—Claro, ¿A qué hora debes estar ahí? —cuestionó.
—Exactamente a la hora de la salida.
—Pues entonces de una vez vayamos al estacionamiento.
Me ofreció su brazo y yo me pesqué de él rápidamente. Caminamos platicando de cosas triviales.
— ¿Entonces era cierto lo de tu amnesia? —preguntó sorprendido.
—Sí, aunque ya no hay secuelas, recuerdo todo perfectamente—sonreí nuevamente.
—Pues las cosas aquí estuvieron feas.
— ¿A sí? —traté de esconder mi curiosidad sobre el tema, pero él de inmediato lo notó.
—Chris y Eve no dejaban de hablar pestes de ti Ser, aunque Ferdinand…—paró de hablar y dio un largo suspiro—él estuvo todo el tiempo pendiente de tu salud, le contó a Pauline que estuvo yendo al hospital a verte, pero no dejaban pasar mas que a tus padres y que él se quedaba sólo en la recepción esperando a que salieras de aquel lugar. Hasta que pasó casi una semana y tú aún no despertabas. Pero no se dio por vencido, de hecho estuvo molestando a cada persona preguntando por ti, pero jamás me dijo nada, todo esto me lo contó tu amiga—se encogió de hombros como si eso no valiera nada.
—Yo no…no lo sabía—bajé la cabeza y comencé a caminar un poco encorvada mientras mi estómago se desmoronaba poco a poco dejándome un gran vacío, como si mis emociones se hubiesen esfumado.
— ¿Estás bien? —preguntó Chris un poco preocupado.
—Sí, no me pasa nada—musité.
—Bueno, pronto llegaremos al estacionamiento.
—Espera, debo hacer una llamada—saqué mi móvil y busqué entre mis contactos a Ferdinand.
— ¿Bueno? —contestó después de cuatro llamadas.
—Hola Ferdinand, mi padre te espera enseguida en la empresa, tenemos junta—advertí.
—Muy bien, iré para allá…—guardó un enorme silencio— ¿quieres que pase por ti?
—Amm…—esperé aproximadamente un minuto sin dar respuesta—no, no es necesario, tomaré un taxi.
—Como quieras, allá te veo—colgó.
Regresé a mi lugar junto a Chris mientras íbamos al estacionamiento. Llegamos y caminamos entre los espacios que dejaban entre cada coche para llegar al auto de Chris, cuando de pronto alguien chocó conmigo logrando que cayera al suelo.
—Fíjate por dónde andas—repelé mientras me ponía de pié—Ferdinand—susurré asustada.
— ¿Qué haces aquí? ¿No que ibas por un taxi?
— ¡Ser, date prisa! —gritó Chris llamando la atención de Ferdinand.
—Ya veo, perdona por interrumpir—dijo molesto.
—No, no es lo que piensas.
—No, no creo que lo sea—contestó amargamente.
—Por favor déjame explicarlo—rogué.
—No Serene, no me debes ninguna explicación, pero yo si te debo una—sacó un ramo de flores de una bolsa que llevaba.
Eran rosas rosas, olían delicioso y no pude evitar aspirar una bocanada de aire.
—Eran para ti, pero veo que no necesitas a otro pelagatos que esté tras de ti—arrojó las rosas al suelo justo entre nosotros—no esperes ver esto nunca más.
— ¿Por qué haces esto? —Pregunté iracunda—haces un hermoso detalle y al final lo arruinas, siempre es así con cada cosa, con la cena, las veces que salimos, nuestros fortuitos encuentros, siempre es lo mismo contigo—grité desenfadada.
—No Serene, te equivocas—sonrió decepcionado—tú eres la que tira todo por la borda, siempre quiero hacer algo por ti y tú no te tomas la molestia en reconocerlo, en apreciar nada, me mentiste, ¿y ahora me hechas la culpa?, estás muy equivocada si crees que todo este tiempo fuiste tú la que me perdonó.
—No Ferdinand—fue lo único que alcancé a decir mientras mis emociones huían de mí dejándome vulnerable ante él.
—Olvídalo Serene, hasta aquí llegó mi paciencia.
—Ferdinand—murmuré una vez más.
—Te dejo Serene, que disfrutes de tu compañía—abandonó el estacionamiento y al pasar junto a Chris chocó su hombro contra él.
—Serene…—se acercó Christopher.
—Solo llévame a la empresa por favor—respondí tajante.
Sin ningún comentario más subimos al auto y nos pusimos en marcha rumbo a la empresa.
Me senté en la parte trasera y con cada tope o cambio de velocidad mi cuerpo temblaba, aún le tenía miedo a los autos, aún no lo podía superar.
Llegamos muy rápido y descendí sin voltear a ver a Christopher, sólo escuché un leve “adiós, cuídate” proveniente de él, pero no tuve el valor de responder.
Entré rápidamente sin dirigirle el saludo ni la vista a nadie, tal y como si el resto del mundo fuera invisible para mí.
Entré abruptamente a la sala de juntas donde ya todos estaban esperando, pero mi mirada fue hacia alguien en particular. Vi el asiento vacío junto a él pero preferí parame junto a la pizarra electrónica donde se mostraban los nuevos diseños.
—Qué bueno que se haya podido reunir con nosotros señorita Boucher—inició mi padre.
—Sí—respondí cortante, todos me observaron mientras clavaba mi mirada en un punto invisible en la pared de enfrente.
—Bien, comencemos con el primer punto, los he llamado aquí debido a que son los mayores inversionistas y necesitamos que decidan qué temática utilizaremos para nuestra temporada otoño invierno—dio inicio la junta.
— ¿Qué les parece el animal print?—sugirió un hombre extraño—hace años que impuso moda, podríamos intentarlo con un look retro.
Ferdinand levantó la mano para pedir la palabra.
—Joven Cordier—cedió la palabra mi padre.
— ¿Qué le parece la temática de el amor?—me sonrió y yo fruncí el ceño.
—Interesante tema, ¿qué sugiere para él?
—Una mescla en tonos rosa, coral, rojos, lo típico de San Valentín—y rieron todos ante su comentario, todos menos yo.
Levanté por fin la mano para dar mi propuesta.
— ¿Si señorita Boucher?, ¿tiene alguna otra propuesta? —contestó mi padre.
—Sí…ehm…me gustaría la temática de “sentimientos encontrados” —alcé una ceja pícaramente hacia Ferdinand y él torció la boca—sería como una mezcla de colores encendidos, amarillos, fucsias, rojos, anaranjados, verdes, azules…de ese estilo—terminé mi idea y mi padre me miró sorprendido mientras que Ferdinand sólo me observaba con hastío.
Ferdinand pidió nuevamente la palabra y mi padre se la cedió.
—También sería buena idea algo que diga “celos” por sí mismo, algunos tonos encendidos, pero obscuros…algo así como negros, grises, verdes fuertes…colores de penumbra—sonrió socarronamente esperando alguna reacción de mí, pero no le di el gusto.
—Todas son muy buenas ideas, ahora necesito un eslogan, sé que los encargados de mercadotecnia se deben encargar de esto, pero necesito ideas innovadoras, visiones diferentes fuera del mundo de la moda—musitó mi padre en forma de charla motivacional, había visto ya varias veces ese truco usado con el personal.
Pedí la palabra.
— ¿Qué les parece algo así como: “al igual que los sentimientos, la moda es un asunto serio”?
—O algo como “usar Meilleur Mode, algo mejor que las indirectas—intervino Ferdinand— ¿qué era eso?, ni siquiera tiene sentido su execrable eslogan.
—Pues allá ustedes decidan, me retiro de la junta, debo arreglar el papeleo—excusé para poder salirme de aquel lugar.
—También podría ser “huir de la moda no sirve de nada” —canturreó Ferdinand mientras pasaba junto a los asientos.
—O qué les parece “no le hagan caso a las estúpidas propuestas de Ferdinand Cordier” —ironicé irritada—eso sería excelente, así tendríamos mayores ventas—mascullé ente dientes.
—Serene Boucher ven aquí—llamó mi padre—deja de comportarte de esta manera tan ridícula, esto es serio—exhortó mi padre.
—Pues dígale al joven Cordier que deje de estar con sus indirectas tan infantiles—respondí y giré hacia Ferdinand—en cuanto a ti—lo señalé—si tienes algo que decirme prefiero que sea de frente.
Pasé a un lado de la mesa ignorando las miradas de los señores al mismo tiempo que avanzaba. Tomé el pomo de la puerta, lo giré y salí rumbo al estacionamiento.
Tuve que bajar corriendo las escaleras, pues los elevadores estaban sin servicio.
— ¡Serene! —gritaba alguien siguiéndome, giré un momento para ver quién era y, en efecto, Ferdinand si tenía algo que decirme. Pero no me detuve.
Continué bajando tan rápidamente que Usain Bolt se quedaría corto con mi carrera. Jamás volví a mirar hacia atrás, pero podía escuchar el crujir de los escalones provocados por sus pisadas.
— ¡Serene! —Insistió— tenemos que hablar.
—Yo no tengo nada más que decirte—solté.
—De eso es lo que te estuve hablando, siempre te portas como si tú no importaras, como si pensaras que jamás te escucharé, y eso es muy malo Serene, tu opinión me importa—pasó su mano por la cabeza—incluso más de lo que te imaginas.
—Es que eres tan…extraño, de pronto actúas como si yo fuera la mejor persona del mundo y en unos segundos me tratas como si me odiaras, es solo…que no te entiendo—acepté resignada a encararlo.
—Ya te dije que si me importas, me importa tu opinión, me importas demasiado, pero es que tú no aprecias mis malditos detalles.
—Yo no llamaría detalle el sacarme de tu casa—sonreí con amargura.
—Pero yo sí al beso que nos dimos antes de eso—mi corazón se hinchó de alegría al saber que él había hecho eso en serio, que en ese momento ya no estaba actuando.
— ¿En verdad fue un detalle? —me mordí el labio con nerviosismo.
—Sí, para mí esos son detalles—admitió recargando su frente contra la mía—y estoy a punto de demostrarte otro detalle—sonrió y posó sus labios en los míos.
Me abracé a su cuello y el tomó mi cintura con sus fuertes brazos, nos besábamos desesperadamente sobre las escaleras sin importarnos que alguien pudiera vernos, ahora sólo existíamos nosotros dos.

Sus labios suaves y delicados se movían sobre los míos con una delicadeza adorable, haciéndome sentir cada parte de ellos, sentir esa frescura que tenían, saborear el agradable perfume mentolado de su boca. Y en mi mente sólo estaba él, cada momento en el que lo encontré así, por accidente.